Al igual que tú, yo tampoco me pude dar el lujo de rendirme.
No porque fuera la más fuerte.
No porque tuviera una fuerza sobrenatural ni una disciplina de hierro.
No.
Fue porque si yo no me levantaba cuando sonaba la alarma a las cinco de la mañana, nadie más lo iba a hacer por mí.
Y cuando digo nadie, es nadie.
Había bocas que alimentar.
Había cuentas que pagar.
Había hijos que abrazar aunque una por dentro estuviera hecha pedacitos.
Había que ser mamá, papá, enfermera, consejera, costurera de uniformes rotos y arquitecta de sueños que a veces ni eran propios.
Y no, no me sobraba valentía.
Me sobraban miedos.
Pero el miedo nunca pagó la renta, ni preparó lonches, ni sostuvo a una mujer cuando sentía que el mundo la estaba rebasando.
Así que me levanté.
Con sueño.
Con lágrimas escondidas.
Con dolores que no siempre eran del cuerpo.
Y como yo, fuimos muchas.
Y siguen siendo muchas.
Mujer joven que hoy estás cargando el peso del mundo en los hombros…
No te me des por vencida.
Aunque sientas que no puedes más.
Aunque llores en silencio en el baño para que nadie te vea.
Aunque creas que nadie nota tu esfuerzo.
Sí se nota.
Se nota en la fortaleza que estás construyendo.
Se nota en el carácter que se te está formando.
Se nota en la mujer que un día vas a mirar al espejo y vas a reconocer con orgullo.
Nosotras, las que ahora somos otoño, no nacimos sabias.
Nos hicimos fuertes a fuerza de necesidad.
Aprendimos a caminar aunque nos temblaran las piernas.
Aprendimos que rendirse era un lujo que no podíamos pagar.
Y hoy, con las canas como medallas y las arrugas como mapas de batallas ganadas, te digo algo con el corazón en la mano:
Valió la pena.
Valió cada madrugada.
Valió cada vez que pensamos que no podíamos y aun así seguimos.
Cuando tengas mi edad, entenderás que no era solo sobrevivir.
Era sembrar.
Era abrir camino.
Era demostrar que una mujer no necesita permiso para ser fuerte.
No te rindas.
Estás construyendo la historia que un día contarás con la cabeza en alto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario