La
connotada científica Elizabeth Kübler-Ross, se dedicó a estudiar miles
de casos, a través del mundo entero, de personas de distinta edad (la
más joven tenía dos años, y la mayor, 97 años), raza y religión, que
habían sido declaradas clínicamente muertas y que fueron llamadas de
nuevo a la vida.
El
primer caso que me asombró fue el de una paciente de apellido Schwartz,
que estuvo clínicamente muerta mientras se encontraba internada en un
hospital.
Ella
se vio deslizarse lenta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y
pronto flotó a una cierta distancia por encima de su cama.
Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo.
Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada.
Nos contó cómo vio llegar al equipo de reanimación y nos explicó con detalle quién llegó primero y quién último.
No sólo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno.
Tenía
ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa puesto que
se encontraba bien, pero pronto comprendió que los demás no la oían.
La señora Schwartz decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia.
Fue
declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la
reanimación, y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y
medio más.
Su relato no fue el único.
Mucha
gente abandona su cuerpo en el transcurso de una reanimación o una
intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención”.
La
doctora Kübler-Ross añade que “otro caso bastante dramático fue el de
un hombre que perdió a sus suegros, a su mujer y a sus ocho hijos, que
murieron carbonizados luego que la furgoneta en la que viajaban chocara
con un camión cargado con carburante.
Cuando
el hombre se enteró del accidente permaneció semanas en estado de
shock, no se volvió a presentar al trabajo, no era capaz de hablar con
nadie, intentó buscar refugio en el alcohol y las drogas, y terminó
tirado en la cuneta, en el sentido literal de la palabra.
Su
último recuerdo que tenía de esa vida que llevó durante dos años fue
que estaba acostado, borracho y drogado, sobre un camino bastante sucio
que bordeaba un bosque.
Sólo tenía un pensamiento: no vivir más y reunirse de nuevo con su familia.
Entonces, cuando se encontraba tirado en ese camino, fue atropellado por un vehículo que no alcanzó a verlo.
En
ese preciso momento se encontró él mismo a algunos metros por encima
del lugar del accidente, mirando su cuerpo gravemente herido que yacía
en la carretera.
Entonces apareció su familia ante él, radiante de luminosidad y de Amor.
Una feliz sonrisa sobre cada rostro.
Se
comunicaron con él sin hablar, sólo por transmisión del pensamiento y
le hicieron saber la alegría y la felicidad que el reencuentro les
proporcionaba.
El
hombre no fue capaz de darnos a conocer el tiempo que duró esa
comunicación, pero nos dijo que quedó tan violentamente turbado frente a
la salud, la belleza, el resplandor que ofrecían sus seres queridos, lo
mismo que la aceptación de su actual vida y su Amor incondicional, que
juró no tocarlos ni seguirlos, sino volver a su cuerpo terrestre para
comunicar al mundo lo que acababa de Vivir y de ese modo reparar sus
vanas tentativas de suicidio.
Enseguida
se volvió a encontrar en el lugar del accidente y observó a distancia
cómo el chofer estiraba su cuerpo en el interior del vehículo.
Llegó la ambulancia y vio cómo lo transportaban a la sala de urgencias de un hospital.
Cuando
despertó y se recuperó, se juró a sí mismo no morirse mientras no
hubiese tenido ocasión de compartir la experiencia de una vida después
de la muerte con la mayor cantidad de gente posible”.
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