martes, 29 de julio de 2025

EL LUCERO, LA PRESENCIA Y LA NOCHE OSCURA DEL ALMA (Por Carlos Luna)

 

En la quietud de la madrugada, cuando la luna y el lucero de la mañana guían a los ojos del alma, el espíritu recuerda que Dios no solo se contempla en el cielo, sino también en el silencio del propio ser. Es entre las 03:00 y 04:00 horas, cuando la tierra calla, que el alma se abre más fácilmente a lo eterno.
Pero antes de elevarse hacia esa Presencia, el alma debe descender a lo más profundo de sí misma. No se asciende verdaderamente al cielo si antes no se ha atravesado el infierno propio. Solo quien ha caminado por la oscuridad de su historia, quien ha sentido la herida abierta de su sombra y ha soportado el silencio de su propia noche, puede florecer con autenticidad.
Esta es la noche oscura del alma: un tiempo en el que todo parece romperse, en el que el mundo conocido deja de sostenerse. Es el descenso a las raíces, al barro del pasado, a los traumas no resueltos, a las emociones reprimidas y al dolor heredado. Las raíces del alma no crecen en la luz, sino que se hunden en la profundidad hasta tocar el fondo de lo negado. Y es solo cuando se abrazan esas sombras, que el verdadero ascenso comienza.
Los frutos del espíritu no nacen del rechazo de lo oscuro, sino de su integración. Así, el infierno personal se convierte en el precio sagrado del cielo.
En esa travesía, mientras el lucero de la mañana brilla como faro, la Presencia susurra que incluso en la noche más densa no estamos solos:
Hijo mío, me buscas en las estrellas y en las señales del cielo… pero Yo no estoy lejos. Soy la calma que sientes cuando respiras, la fuerza que te sostiene cuando todo parece derrumbarse, el silencio que te envuelve cuando el mundo duerme.
Pero, Señor, ¿Por qué a veces no puedo sentirte?
Porque me buscas con la mente, y no con el alma. Cuando intentas comprenderme como una idea, te alejas, pues Yo no soy un pensamiento ni un concepto. Soy la vida que late en tu pecho y corre en tu sangre.
Entonces… ¿Cómo puedo encontrarte? Desciende sin temor a tu noche más oscura. Mírame en el lucero que anuncia el amanecer, mírame en cada gesto de amor que das sin esperar nada, mírame incluso en el vacío que sientes cuando todo parece perderse, porque ahí, cuando crees no tener nada, descubres que Yo soy Todo en ti.
No necesitas grandes palabras para hablarme. Solo silencio y apertura. No estoy en lo alto. Estoy aquí, contigo, siendo Tú.
Y así, en cada respiración consciente, en cada raíz que toca el fondo y en cada amanecer, el alma entiende: el infierno no es castigo, sino el terreno fértil desde el cual florece el cielo.

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