viernes, 25 de julio de 2025

¿POR QUÉ DEMONIZAMOS CIERTAS EMOCIONES (Por Vicente Saus)

 

Nos enseñaron a dividir las emociones entre “buenas” y “malas”, “luz” y “sombra”.
Así, aprendimos a ocultar la rabia, disfrazar la envidia, negar la tristeza o sentir culpa por tener miedo.
Pero las emociones no son buenas ni malas: son mensajeras.
Cada una trae una información vital para nuestro equilibrio interno.
Cuando demonizamos una emoción, lo que hacemos es reprimir una parte de nosotros. Y lo reprimido, como decía Jung, no desaparece… se esconde en la sombra y actúa desde ahí, inconscientemente, muchas veces de forma destructiva.
La rabia no gestionada se vuelve violencia.
La tristeza negada se convierte en apatía.
La envidia no reconocida, en resentimiento.
El miedo no abrazado, en ansiedad crónica.
Desde la psicología analítica, cada emoción rechazada es un fragmento de nuestra psique que clama por ser reconocido e integrado. Demonizar es dividirnos, es vivir en guerra con nosotros mismos. Y la sanación no viene de vencer una emoción, sino de dialogar con ella.
Filosóficamente, también lo sabían los antiguos:
“Conócete a ti mismo”, decía el templo de Delfos.
Pero, ¿cómo conocernos si no nos permitimos sentir todo lo que somos?
La verdadera madurez emocional no es estar siempre feliz.
Es poder sostener el miedo, la rabia, la tristeza, el deseo… sin juzgarlos.
Porque todo lo que no se integra, nos controla desde la sombra.

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