Hasta en los códigos más rígidos, como el de la mafia italiana, existía una regla que no se quebrantaba:
“No se puede confiar en quien traiciona a quien duerme a su lado.”
No es un juicio.
Es un llamado a la coherencia interior.
Porque cuando se traiciona la intimidad, ese espacio sagrado donde el alma se entrega también se traiciona la palabra, la lealtad, la verdad.
Un instante viral —una cámara en un concierto, un abrazo que no debía ser,
nos recordó que lo que se hace en la sombra tarde o temprano se ilumina.
Y que la vida tiene sus propios medios para hacer visible lo que se quiso ocultar.
La visten de libertad, de “decisiones personales”, de “yo no era feliz”.
Y a veces hasta culpan al otro para no asumir la fractura interna.
Pero esa no es falta de amor.
Ni siquiera de valores.
Es falta de conciencia. Falta de conexión con el alma.
Reflexión desde la neurociencia y el espíritu:
Hay decisiones que no solo rompen corazones, rompen estructuras internas.
Desde la neurociencia sabemos que el engaño activa la dopamina en quien lo hace, pero también dispara zonas del cerebro vinculadas al estrés, la evasión y la desorganización emocional.
Y el alma… el alma grita en silencio.
Porque cada vez que elegís deslealtad para evitar mirar tus vacíos,
estás creando una distancia con vos mismo que nadie puede llenar.
No es el universo quien castiga.
Es el alma la que colapsa cuando pierde su integridad.
Aunque sonrías. Aunque parezcas libre. Nada florece cuando crece desde la mentira.
El que sufre una traición puede sanar.
Pero el que traiciona sin conciencia…
no saldrá bien librado.
Ni ahora. Ni después.
Porque lo que no se asume, se repite.
Y lo que no se limpia, se cobra.
Si vibras aquí, ya no estamos para esto.
Con amor
Gloria Arroyave
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