En
mi opinión, tiene que pasar demasiado tiempo de la vida para que uno
empiece a ser muy consciente de este asunto que aparece tan escondido y
en desuso que es la sencillez.
La
sencillez es la cualidad de sencillo, o sea “que no tiene artificio ni
composición”, “que carece de ostentación y adorno”, “natural,
espontáneo, que obra con llaneza”, “sin doblez ni engaño y que dice lo
que siente”. Todo esto y más es la sencillez.
Y
todo esto, que puede ser sin duda la más noble aspiración de quien esté
en un Proceso de Desarrollo Personal, es algo que casi nunca aparece
entre las prioridades personales –que suelen ser cosas más ostentosas- y
es necesario acercarse a la madurez –o sobrepasarla- para darse cuenta
de su existencia, y de lo amable y agradable que es ser sencillo.
“Ser
sencillo es lo que te hace grande”, pero no se refiere a ese “grande”
avasallador y engreído, sino al grande de bondad e intenciones, al noble
y natural que brilla por su humildad.
“Es
sencillo ser cualquier cosa, lo difícil es ser sencillo”. La vida –lo
que nos va sucediendo en ella- es una larga lección de humildad que
quien está atento aprende y aprovecha, y quien está desatento deja pasar
desafortunadamente. Con el paso de los años, el que está atento a sí
mismo pasa a segundo plano su ego. Da mucha tranquilidad ser sencillo
porque le aleja a uno de esas luchas en las que ha invertido tanto
tiempo y malestar. El sencillo nada necesita. Las ostentaciones pierden
el valor que alguna vez se les adjudicó.
En
la sencillez hay nobleza y simplicidad, humildad y franqueza,
sinceridad y naturalidad. Un cúmulo de virtudes que serían muy bien
recibidas por cualquier alma. Una sencillez bien asentada se refleja en
el carácter, en la forma, en el estilo… en todas las cosas. Uno irradia
una sensación plácida y placentera que es captada y bien recibida por
los otros.
La
filosofía de cualquier sabio emana sencillez. Y eso es, precisamente,
lo que la hace más atractiva. Las complicaciones son innecesarias. Lo
fastuoso puede llegar a ser inútil. Lo rimbombante es humo. La soberbia
entorpece. La sencillez contiene todo lo bueno. Para cualquier persona
debería ser su máxima aspiración. Si uno llega a ser sencillo habrá
satisfecho los deseos de su alma.
La
humildad es el fruto de la sencillez. O viceversa. Van de la mano y
llevan con ellas a la modestia. Hay grandeza en ese modo de no aspirar a
la grandeza. Lo superfluo es una pesada carga. Querer brillar más que
el sol es un antojo de un ego que parece estar siempre importunando con
sus pretensiones ostentosas. “Sólo sé que no sé nada y que no soy
nadie”. Creer en esta frase garantiza una tranquilidad que no se
consigue de ningún otro modo. Sólo hace falta modificar la dirección de
lo que se sabe que no va en la dirección adecuada; eso requiere una
reflexión noble y muy sincera. Y preguntarse qué es lo que realmente se
quiere. La pregunta es de uno para Uno Mismo. Conviene prohibirle la
presencia al ego en este monólogo.
“La
sencillez consiste en hacer el viaje por la vida sólo con el equipaje
necesario”, dijo Charles Dudley después de haberlo experimentado. Hay
mucha nobleza, mucha entereza y mucha sabiduría en esta filosofía de
vida. Y más paz y complacencia que en esas vidas obsesionadas con el
poder y el estatus. Si no hay verdad y bondad y sencillez en el Camino,
es un Camino equivocado.
Tal vez sea este un buen momento para comprobar el lugar que ocupa la sencillez en tu Plan de Vida y en tus pretensiones.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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