Por todas esas veces en las que te sientas a la mesa sin siquiera saludar y desde el primer momento esperas ser atendido no como un cliente, sino como un dueño.
Por esas noches en las que mi podómetro marca diez kilómetros en dos horas, con casi cuarenta grados de calor, y tú ni siquiera lo sabes.
Por los momentos en los que me trago la decepción de no sentirme valorada, respetada ni reconocida por el trabajo que hago. Por las veces en que me adapto, acepto y dejo pasar palabras duras y miradas llenas de soberbia. Ese es el precio que pago cada día.
A todo eso entrego mis manos — ya no delicadas, mis dedos quemados por platos ardientes, la piel gastada por el tiempo y los callos de la costumbre.
Así que, por favor, a los camareros que te sirven el almuerzo, a los baristas que preparan tu café, a las mujeres que limpian los baños después de ti, diles “gracias” de vez en cuando.
Recuerda: en esta vida nada nos pertenece por derecho.
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