El amor infantil quiere que el otro cambie.
El amor adulto acepta al otro tal como es.
El primero dice:
“cuando seas distinto, podré amarte”.
El segundo dice:
“veo quién eres… y desde ahí decido”.
El amor infantil corrige.
Exige.
Presiona.
Se frustra cuando la realidad no encaja con su expectativa.
El amor adulto mira.
Reconoce.
Y elige sin intentar transformar al otro.
Aceptar no es resignarse.
Es dejar de luchar contra lo que es.
Y desde ahí,
quedarte… o irte.
Porque amar de verdad
no es cambiar al otro,
es responsabilizarte de dónde te colocas tú.
Si este mensaje te resuena y quieres aprender a construir relaciones desde la adultez emocional y no desde la carencia, envíame un privado y te cuento cómo formarte para constelar y acompañar vínculos más conscientes y libres.
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