El respeto no es una moneda.
No es un descuento que aplicas para mantener la paz.
No es algo que entregas en cuotas para que alguien se quede.
Es un límite.
Y los límites no se regatean.
Muchos crecen con un miedo silencioso a la soledad.
Prefieren una mesa llena…
aunque el trato esté vacío.
Soportan comentarios condescendientes.
Bromas disfrazadas de humillación.
Faltas pequeñas que, acumuladas, erosionan la dignidad.
Todo por no ver una silla vacía frente a ellos.
Pero hay algo peor que una silla vacía.
Una identidad vacía.
Cada vez que tragas una ofensa para “mantener la relación”,
estás pagando con tu autoestima.
Cada vez que permites que te pisen para que alguien no se vaya,
estás firmando un contrato donde tú siempre pierdes.
Si alguien necesita disminuirte para quedarse,
no está ocupando un lugar en tu vida.
Está invadiendo tu espacio a costa de tu integridad.
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