Lo
irreal no es el ser, pues descansa en la ilusión y el falso
conocimiento. Pero aquello que es, nunca dejó ni dejará de ser, pese a
las apariencias. El hombre real no nace ni muere. Siempre ha sido y
seguirá siendo eternamente. El cuerpo puede morir y ser muerto, mas el
espíritu que mora en el cuerpo no puede morir. Así pues, ¿cómo creer que
quien sabe que el verdadero hombre es eterno e indestructible, caiga
en la ilusión de suponer que pueda matar, matarse o ser muerto?
Mas si no creyeras en mis palabras y vivieses en la ilusión de tener
por realidades la vida y la muerte, tampoco deberás afligirte. Porque
así como los hombres han nacido, deberán morir. ¿Por qué, entonces,
lamentar lo inevitable?
Quienes no tienen sabiduría ignoran de dónde viene y adónde va el
hombre. Ellos conocen tan sólo su paso por el mundo. Entonces, ¿por qué
se quejan?"
Hay quienes se impregnan con la letra de las Sagradas Escrituras;
pero, incapaces de penetrar su verdadero sentido, discuten vanamente
sobre los textos. Las acerbas controversias y las interpretaciones
abstrusas satisfacen a los esclavos de la letra, y en vez de aspirar a
la meta espiritual de las grandes almas, se complacen en fútiles
placeres. Amplios discursos y pomposas ceremonias inventaron estas
gentes, que ofrecen premio por su observancia y amenazan con castigo
por su incumplimiento."
Líbrate de la ansiedad por las cosas de este mundo; no te dejes gobernar por las ilusiones de este mundo perecedero.
Así como el agua que emana de una fuente llena las vasijas de acuerdo
con la forma y capacidad de cada una de ellas, así también las
enseñanzas espirituales no proporcionan sino la parte que cada cual es
capaz de recibir conforme al grado de su evolución.
Atiende tan sólo al recto cumplimiento de la acción y no a la
recompensa que de ella pudiera derivarse. No te inquiete la esperanza
del premio; pero no cedas tampoco a la inacción a que suelen
abandonarse quienes han perdido toda esperanza de recibir recompensa
por sus acciones."
Por importante que la recta acción pueda ser, ha de precederla el
recto pensamiento, porque sin el pensamiento la acción no es
consciente.
Quienes renuncien al posible fruto de la recta acción están en camino de dominar el karma.
Cuando trasciendas la ilusión ya no te conturbarán las discusiones
teológicas sobre los ritos, las ceremonias y demás ropajes de la
enseñanza espiritual. Entonces te librarás del apego a los libros
sagrados y a los escritos de los teólogos y quienes ambicionan
interpretar lo que no entienden.
Del apego surge el deseo, del deseo la pasión, de la pasión la
insensatez, de la insensatez la apetencia sin freno. De la desenfrenada
apetencia resulta el olvido, del olvido la falta de discernimiento, y
de ésta la pérdida de todo lo demás. Pero alcanza la paz quien, dueño
de sí mismo, obra sin placer ni repugnancia, pensando solamente en el
YO.
No hay conocimiento posible para quien no logra esta paz, pues sin paz
no hay serenidad, y cuando ésta falta, ¿cómo puede haber sabiduría?
Logra la paz aquel cuyo corazón es como el océano en cuyo lecho desaguan todos los ríos sin desbordarlo.
El que trasciende el orgullo y el egoísmo, alcanza la felicidad.
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