En mi opinión, estas son
dos cosas que no tienen por qué ir juntas pero habitualmente se asocian
como indisolubles, y se cree que cuando uno acepta algo de lo que le
sucede en su vida –sobre todo si es algo indeseado o desagradable- es
porque se ha resignando, pero de mala gana, con una sensación de
frustración o derrota, y con la tristeza añadida de no poder rebelarse o
rechazarlo.
Y no es así.
DARSE CUENTA de lo que está
sucediendo es el primero y obligatorio de los pasos. Si uno no se da
cuenta, es como si “lo que sea” no existiera.
El segundo y obligatorio paso es ACEPTAR.
Lo que sea, lo que sucedió, en las condiciones que esté, sea indeseado o
doloroso, es necesario aceptarlo, porque negarlo o no querer
reconocerlo equivale a auto-engañarse, a aplazarlo, a evitarlo… y de ese
modo no se resuelve: se puede eludir temporalmente o se puede demorar
durante un tiempo, pero ese tiempo que transcurre lo hace en nuestra
contra.
ACPTAR, por tanto, es imprescindible. Aceptar sólo quiere
decir “reconocerlo y hacerlo propio”. Es recibir voluntariamente y sin
oposición.
Lo cual no quiere decir que uno lo tenga que aceptar
definitivamente y que no quede al mismo tiempo la opción de deshacerse
de ello posteriormente.
La aceptación es el paso previo a la
revisión y al posible rechazo, pero en ese “hacerse cargo”,
reconociéndolo tal y como es, ya puede existir una semilla de la
voluntad de querer quedarse con ello solamente en el caso de que sea
apetecible y deseado, porque lo único que se está admitiendo hasta
entonces es que se asume la responsabilidad de las consecuencias, o de
la participación, que a uno le corresponda.
En cambio, si tras el
examen de lo acontecido, de lo que sucede, uno no está interesado en
quedarse con ello, siempre le queda la opción de modificarlo, de
deshacerse de ello, de no permitir que influya.
Ahí es donde
comienza el Proceso de Desarrollo Personal, que siempre se refiere a
desarrollar lo positivo previo paso por la aceptación de lo que uno está
siendo, de quien uno está siendo, de la vida y el modo de vida que uno
está teniendo.
Una vez que esta realidad innegable ha sido
admitida, comienza la hermosa tarea de reconstruirse y esta vez de un
modo consciente, siendo uno quien elige y decide.
Todos estamos
siendo básicamente del modo que nos ha educado y actuamos de acuerdo a
las normas que nos han inculcado, pero… todos tenemos el derecho y hasta
la obligación de desarrollar a quien realmente somos en esencia.
Tenemos la responsabilidad de corregir lo que otros –posiblemente con
buena voluntad, aunque no siempre en todos los casos- han aleccionado de
un modo erróneo.
No estamos obligados a aceptar de por vida las
cosas nuestras que nos desagradan, nuestro carácter se puede modificar,
las ideas pueden ser cambiadas, los principios no son inamovibles…
Sólo se trata de ser conscientes de quiénes somos realmente y quiénes
estamos siendo, de lo que hacemos por libre voluntad y lo que hacemos
sin saber por qué.
Es por eso que aceptar nuestra situación
actual no nos obliga a estancarnos en ella, sino que ha de ser el
aliciente que nos ponga en marcha para modificar lo que sea necesario.
Para retomar nuestra auténtica esencia. Quienes de verdad somos.
Por tanto, que en ese reconocimiento y aceptación de nuestra actualidad
no haya resentimiento, que no haya resignación, que no haya frustración
ni pena, sino la alegría de ser conscientes de que hay situaciones y
modos que nos desagradan y que tenemos en nuestro poder la opción de
cambiarlas.
Y si no se pueden cambiar físicamente, sí que se
puede cambiar nuestra actitud hacia ellas y la forma de comprenderlas de
modo que no causen dolor.
Y eso sí depende exclusivamente de nosotros.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
domingo, 18 de julio de 2021
LA ACEPTACIÓN NO IMPLICA RESIGNACIÓN (Por Emma Fernandez)
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