Algunas personas sienten una necesidad especial: la de dejar una
huella. Ellos son los "inseminadores", que van esparciendo su semilla,
polinizando gente. Esta actitud implica una conciencia esencial de que
no estamos solos, de que la evolución y el bienestar de la humanidad se
hacen de uno en uno, con la voluntad de cada individuo
Hay gente que mataría o moriría por tener un poquito de fama.
Y hay otro tipo gente: la inseminadora (mujeres y hombres). Sobre los
que buscan tener importancia personal ya se habla demasiado. Hablemos de
los inseminadores. Quizá seas uno de ellos (¡casi seguro!). Y empecemos
por aquí: todos los humanos tenemos en común un conjunto de
necesidades: de cobijo, de alimento, de agua, y también, de afecto, de
pertenencia, de reconocimiento básico… Pero algunas personas tienen,
además, necesidades de otro orden. Se llaman metanecesidades y son las
que se corresponden con un plano más profundo: las que reclama el
espíritu. Dentro de ellas hay una a la que responden los inseminadores:
dejar una huella. De qué se trata? Veamos…
A veces, la intención de dejar una huella acarrea la admiración de los demás. Pero otras, la tarea es silenciosa, anónima. En ocasiones, el inseminador no alcanzará a ver el fruto de su intento. En otras, recibirá incomprensión, burla, rechazo. Si así te sucede… ¡cuidado! Que eso no te introvierta, porque lo que no se da se pudre. Si el intento viene del espíritu, lo que el inseminador experimenta es un sentido de responsabilidad: porque responsabilidad significa “responder” (en este caso, responder al destino del espíritu, pujando colectivamente hacia lo luminoso) .Y si por allí se cuela el deseo de fama… ser gentiles con él: es el animalito interno que, desde el ego, busca ser admirado por su manada.
Pero sepamos que no es lo importante: lo importante es… dejar una huella.
VIRGINIA GAWEL
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