Cada vez que retienes lo que debías soltar, el flujo se detiene. En tu cuerpo. En tus relaciones. En tu camino. La energía estancada se vuelve pesada, y lo que fue regalo se convierte en carga.
Pero cuando devuelves, cuando das, cuando sueltas lo que ya cumplió su ciclo, algo extraordinario ocurre: el Gran Espíritu llena de nuevo tu palma abierta con algo más grande de lo que entregaste.
La fuerza que late en tu pecho esta mañana no nació contigo, vino de la tierra, del sol, de los alimentos que algún ser viviente entregó para que tú siguieras de pie. Vino de manos que te sostuvieron cuando no podías caminar. Vino de palabras que encendieron algo dentro de ti cuando la oscuridad era demasiado espesa.
Esa energía fue prestada.
¿Cómo estás usando la energía que se te prestó?
¿La estás acumulando con miedo, creyendo que si la sueltas desaparecerás? ¿O la estás devolviendo en forma de amor, de presencia, de servicio, de palabra que sana?
Hermano, hermana: el día llegará en que tu cuerpo regrese a la Pachamama, en que tu último aliento se disuelva en el mismo viento que alguna vez respiraste por primera vez.
Ese día, lo único que habrás conservado es lo que diste.
Vive de tal manera que tu devolución sea digna del regalo que recibiste.
Aho.
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