Es fácil señalar a un joven por cómo viste, cómo habla o por las decisiones que toma…
pero pocas personas se detienen a pensar qué vivió, qué ejemplo tuvo en casa o cuánto amor, atención y guía recibió mientras crecía.
Muchos jóvenes hoy están intentando encontrarse solos en un mundo donde algunos adultos también crecieron rotos, distraídos o ausentes. Y aunque cada persona es responsable de sus actos, también es cierto que la educación emocional, los valores y el ejemplo comienan desde el hogar.
No todo muchacho rebelde es malo.
A veces solo es un niño creciendo con heridas que nadie vio, con silencios que nadie escuchó o con una falta de orientación que nunca llegó.
Por eso, antes de juzgar, hace falta más empatía.
Porque detrás de muchas actitudes difíciles… hay historias que nadie conoce.
Y quizás, si hubiera más presencia, más conversación y más amor en muchos hogares… habría menos jóvenes sintiéndose perdidos en las calles.
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