Te he visto dormir inquieta.
Dar vueltas en la cama.
No sé qué soñaste.
Pero yo estaba ahí.
Me enredé entre tus piernas.
Y ronroneé bajito.
Para que supieras que no estabas sola.
—
Sí. Lo admito.
No siempre sé por qué.
Pero no necesito saberlo.
Cuando tus ojos se llenan de agua,
yo me subo a tu regazo.
No pregunto.
No juzgo.
Solo me quedo.
—
Sé que a veces llegas cansada.
Que cierras la puerta más fuerte de lo normal.
Que te sientas en el sofá y te quedas mirando al vacío.
Solo entonces
Me acuesto a tu lado.
Panza arriba.
Patas al aire.
Porque sé que eso te hace reír.
Y cuando sonríes…
el mundo, para mí, tiene sentido.
—
Pintarte los labios.
Ponerte tacones.
Salir por esa puerta como si nada te pesara.
Y yo me quedo mirando por la ventana.
No con tristeza.
Con orgullo.
Porque sé que afuera hay un mundo que a veces duele.
Y tú sales igual.
Valiente.
Hermosa.
Viva.
—
con el alma un poco más cansada que por la mañana,
ahí estoy yo.
En la puerta.
Moviendo la cola.
Maullando, diciendo "Te extrañé".
No te pido explicaciones.
No te reclamo.
Solo te digo: "bienvenida a casa, mi persona favorita".
—
No salvo vidas.
No puedo pagar tus cuentas ni resolver tus problemas.
Pero puedo quedarme.
En las buenas.
En las malas.
En las madrugadas de insomnio.
En las tardes de lluvia.
En los días grises.
Puedo ser tu sombra de cuatro patas.
Tu calma en el caos.
Tu compañero de siesta.
Tu confidente de orejas paradas.
—
Sigue llorando si necesitas llorar.
Sigue riéndote de mis locuras.
Sigue siendo tú.
Porque yo no me voy a ir.
No sé qué es el rencor.
No sé qué es una promesa vacía.
Solo sé que tú eres mi humano.
Y yo soy tu gato.
Y eso… eso es para siempre.
—
—
—
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