La
incondicionalidad como cualidad inherente al verdadero Amor, presenta
al individuo, una gran dificultad al consagrarse a ello, en la vida
vincular. Si bien el concepto Incondicional se refiere, en nuestro
universo lingüístico, a la acción y sentimiento que procesa una persona
sobre otra, en la búsqueda de su bien. Al referirnos al AMOR exento de
sujeto y a la incondicionalidad como su cualidad esencial, podríamos
decir que en cualquier expresión donde la incondicionalidad esté
presente el Amor es su causa.
Sin
embargo se ha extendido la idea de incondicionalidad hacia la actitud
que una persona mantiene sobre otra a pesar de haber fallado para ella,
de no corresponder el comportamiento con lo esperado, con lo ideado o lo
querido. De ahí que nos sintamos amorosos a regañadientes, tras un
comportamiento indeseado de un ser querido y volvamos a crear la
expresión amorosa a pesar de ello. Así decimos que amamos, aunque el
amor se haya desvanecido en el acto de desear otra cosa diferente a la
que deseó para sí, lo amado.
Pensar
futuro para otro, desvanece el amor, pues este como ya dijimos tiene
como síntoma la incondicionalidad, que es una cualidad del presente, en
el acto de admirar la excelencia de la vida que manifiesta una nueva
cualidad en cada ser.
Cuán
lejos pues, estamos de la comprensión de la incondicionalidad, que no
se refiere a la aprobación o negación del otro según la idea de benéfico
que parte de mí. La incondicionalidad, como el amor, no evalúa los
comportamientos, no pronostica o prevé un futuro cierto; no discrimina
la acción en función de la idea personal al respecto del comportamiento
del otro.
El amor se mantiene no apropiándose del otro.
El
otro no es un yo, aunque en el amor seamos Uno. El otro es otro amor,
que como yo, busca su destino amoroso en los avatares del tiempo. Al
hacerlo mío y desear el bien para él, estoy contagiando mi deseo y
proyectando mi querer en la idea de que así será más, que si fuera
realmente él. Amar es contemplar al otro, honrar su naturaleza,
descubrir la esencia del amor que lo nutre y nos descubre una nueva
faceta de la unidad.
Cualquier
acción de intromisión, aunque sea con la idea de mejorar al otro, está
fuera del ámbito del amor y pertenece al mundo del querer, esa
institución primitiva que aún prevalece en los ámbitos afectivos, en la
creencia de que el otro es algo mío. Así como se abolió la esclavitud,
aunque sea documentalmente, se ha de abolir la idea de que la relación
lleva implícito el derecho de acción sobre el otro.
Así
como el Sol despliega su luz uniformemente sobre todos los seres,
incondicionalmente, sin valorar el comportamiento mundano hacia el bien o
el mal del sujeto al que alumbra; pues el amor no valora ni enjuicia,
es y se expresa sin rango ni jerarquía hacia todos, sea cual sea su
condición. Ya que el amor solo ve amor y se reconoce a sí mismo en cada
expresión. Cualquier proyecto en mí que se refiera a otro, cualquier
idea sobre otro que nazca de mí, es un eclipse de amor, pues el otro ha
dejado de existir.
Madres
y padres, hermanas y hermanos, hijos e hijas, amantes, amigos. Todos
somos Sol y en este baile de máscaras durante la odisea del tiempo,
hemos de recalar en la esencia de la comunión allá donde nadie es de
otro, pues todos somos de dios.
De
ahí que amar no sea contemplar mi idea sobre ti, si no contemplar el
amor que en ti puedo admirar, al mantener mi mirada sentida y amada por
ser tu quien eres desde el principio al fin.
Sigamos amando en forma incondicional.
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