miércoles, 20 de mayo de 2026

SOBRE EL NIÑO QUE FUIMOS (Por Mari Carmen Alcaraz)

 

BUENAS TARDES ❤️
Hay una sombra que nos persigue toda la vida: la del niño que fuimos. No en sentido dramático, sino en el del potencial que dejamos sin desarrollar. El niño que dibujaba sin miedo a que estuviera feo, que cantaba sin vergüenza, que preguntaba "¿por qué?" hasta el agotamiento del adulto. Ese niño no se fue; se retiró. Se cansó de que le dijeran "no es así" o "no es el momento" o "eso no se hace". Se escondió en algún rincón de tu memoria, y ahora solo aparece en sueños, o en los momentos en que te sorprendes jugando con un niño pequeño y, por un instante, tú eres el niño otra vez.
La cultura valora la madurez, la seriedad, la responsabilidad. Pero hay una sabiduría que los místicos comparten con los niños: la de no tener que ser útil todo el tiempo. Un niño no se pregunta si lo que hace es productivo; juega, explora, deambula. Y en ese deambular, descubre el mundo. El adulto va de un punto a otro con un propósito, y así se pierde todo lo que hay entre medias. El niño, en cambio, se detiene en cada hormiga, en cada charco, en cada nube. No tiene prisa porque no ha aprendido que el tiempo es dinero. Y en esa falta de prisa, habita lo sagrado.
La psicología del desarrollo habla de la "pérdida del asombro" como un proceso natural de maduración. Pero quizá no sea tan natural. Quizá sea un adiestramiento. Nos enseñan a no maravillarnos, a dar por sentado lo cotidiano. El cielo azul no nos asombra porque lo vemos todos los días. Pero un niño sí se asombra. Y no porque el cielo sea más azul para él, sino porque su mirada está limpia de costumbre. Recuperar el asombro no es tarea sencilla: requiere desaprender la familiaridad, requiere ver lo de siempre como si fuera la primera vez. Y eso que parece fácil, es lo más difícil que hay.
La próxima vez que pases por delante de un charco, no lo evites. Míralo. ¿Qué ves? ¿El cielo reflejado? ¿Una hoja flotando? ¿La luz que se quiebra en colores diminutos? Eso que ves, un niño lo ve siempre. Tú lo ves si te permites no tener prisa. El niño que fuiste no te pide que abandones tu vida adulta. Te pide que le hagas un lugar, una hora a la semana, un ratito cada día. Jugar, dibujar, cantar, bailar, hacer preguntas sin respuesta. No es pérdida de tiempo. Es recordar que el tiempo no es solo para producir. También es para ser. Y ser, a veces, es simplemente mirar un charco como si fuera un océano.
Crea tu Feliz Miercoles

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