“La vida está llena de últimas veces… y casi nunca nos damos cuenta.” 

La última vez que cargaste a tu hijo… probablemente no supiste que sería la última. 
La última vez que tu mamá te preparó comida con sus manos. 

La última vez que un amigo te llamó solo para platicar. 
La última vez que viste a alguien sano. 
La última vez que dijiste: “luego lo veo”. 
Y ese es el problema.
Vivimos con la peligrosa ilusión de que siempre habrá otra oportunidad. 

La psicología lo llama normalidad asumida: el cerebro cree que lo que hoy existe… seguirá existiendo mañana. 
Por eso postergamos llamadas. 
Perdones. 
Abrazos. 
Conversaciones incómodas.
Palabras importantes. 
Porque creemos que hay tiempo.
Hasta que no lo hay. 
Y entonces llega esa frase que rompe el alma:
“Si hubiera sabido…” 
Si hubiera sabido que era la última vez que escucharía su voz…
habría contestado. 
Si hubiera sabido que ese enojo sería nuestra última conversación…
habría tragado orgullo.
Si hubiera sabido que ese abrazo era el último…
lo habría sostenido más fuerte. 
Pero nadie lo sabe.
Ese es precisamente el punto. 
No para vivir con miedo.
Sino para vivir más despiertos. 
Para dejar de ahorrar amor como si se venciera. 
Para dejar de posponer gratitud. 
Para dejar de asumir que la gente sabe lo que sentimos.
Porque no siempre lo saben.
Y porque a veces, cuando quieres decirlo… ya solo queda el silencio. 
Así que ama. 
Llama. 
Perdona. 
Abraza. 
Di gracias. 
No porque algo malo vaya a pasar hoy…
Sino porque algún día, sin avisar, habrá una última vez. 

Y ojalá no te encuentre con el corazón lleno de cosas que nunca dijiste. 

— Susana Rangel
No hay comentarios:
Publicar un comentario