En mi opinión, una de las virtudes que mejor puede mostrar la grandeza de una persona es su humildad.
La
humildad tiene una definición muy noble: “Virtud que consiste en el
conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de
acuerdo con ese conocimiento”. Esto no necesita comentarios. Lo deja
claro. Dice mucho más que las pocas palabras con las que está descrita.
Al
aceptar lo que uno es -aunque después trate de mejorarse- hay un
agradable descanso en esa tarea en la que se enfrasca el ego de querer
reconocer y mostrar sólo nuestra mejor parte y de magnificar las que
solamente son mediocres o normales. Somos limitados. Así somos. Y con lo
sencillo que resulta reconocerlo y mostrarse como tales, en cambio
pretendemos esconder lo que no nos satisface y mostrar solamente aquello
que, aunque realmente no lo seamos, nos gustaría ser.
La
humildad se convierte en el fundamento básico donde se han de sustentar
el resto de virtudes porque es la base de toda verdadera grandeza.
Aunque parezca un contrasentido, ser humilde es lo más extraordinario
que se puede llegar a ser y tal vez la máxima aspiración de una persona
que esté en un Proceso de Desarrollo Personal. No hay una persona
auténtica si no tiene y muestra su humildad.
En
el Mejoramiento Personal no se trata de buscar el brillo y sí la
desaparición de un ego que nos representa –y mal- en numerosas
ocasiones. No se trata de aparecer como el más espiritual, el más
encumbrado, sino de pasar desapercibido, de no ser nada ostentoso, de
callar más que de hablar.
El
humilde se siente satisfecho con lo poco que aparenta ser. Es
consciente de que no tiene que fingir ni demostrar nada. Sólo está él
mismo y mientras menos impedimentos externos tenga más fácil le
resultará llegar a su Yo Esencial.
La
humildad es recogimiento y es el fruto de las introspecciones en que
uno se busca; busca al verdadero Ser al margen del personaje al que le
gusta el éxito externo en forma de reconocimiento social. En su
sencillez, en su modestia, está su gran valor. Cuando uno desiste de
pretender aparentar, y deja de querer valorarse por lo que muestra y
aprende a apreciarse más por lo que es en sus silencios y momentos de
recogimiento, es el momento en que la humildad, desapercibida por
silenciosa, se hace cargo de la vida de persona instaurando la paz
serena que aporta.
Ser
humilde, no nos confundamos, no implica no tener valores, dejar que te
golpeen en ambas mejillas, o no mostrar tu asertividad cuando sí es
conveniente, sino tener tanta confianza en Uno Mismo, conocerse tan
bien, que no necesita estímulos externos en forma de halagos o
reconocimientos. No es presuntuoso. No da a las adulaciones la
importancia que no tienen.
La
humildad contiene unos ingredientes insuperables, porque quien llega a
ella es porque ha pasado o está pasando al mismo tiempo por la
sencillez, por la honestidad, por la modestia o la introspección… no se
trata de ser apocado ni innecesariamente manso: se trata de Ser, sin
necesidad de adjetivos; de saberse pequeño y por ello grande, benévolo,
piadoso, templado, suave, honesto, apacible, sencillo… en una persona
humilde se reúnen, sin hacer ruido ni ostentaciones, las más grandes
virtudes.
La humildad es la principal carencia que tiene el ego. Uno ha de escoger entre ambos opuestos, porque no son compatibles.
“La
humildad es el reflejo de la grandeza de tu corazón”. Es una frase muy
conocida. Está llena de verdad. Ser humilde acaba siendo una filosofía
de vida, un modo de estar en este mundo y de relacionarse con los demás.
Y es una buena decisión. Es una de esas cosas que requiere una revisión
y unas cuantas preguntas. Después de hacer esto puede que uno se dé
cuenta de que le gustaría ser más humilde, que quizás ninguna de las
otras aspiraciones aporte tanto como la paz de no tener que ser ni
demostrar nada y poder disfrutar de la delicia de ser humilde.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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