Hola gentes, vamos a seguir con el tema de la entrada anterior, los mimos y
los caprichos, aunque hay quien piensa que se trata de algo bonito y necesario,
yo tuve la oportunidad de presenciar muchas circunstancias y situaciones protagonizadas
por personas encuadradas en este perfil, y en la vida social y profesional les
suponía una dificultad añadida, y cosas y casos que eran aceptables y normales
para otras personas, para ellas eran inaceptables e insoportables, y para
facilitar la comprensión de lo expuesto, voy a contar una historia real de un
compañero de trabajo.
En el año
1970, después de aprobar el curso de formación para operador auxiliar de telefónica en la
escuela de Sevilla, ingresemos en la empresa con un periodo de pruebas de dos
meses, 18 de ellos fuimos destinados a Vigo Pontevedra, suponía un cambio de
clima, de cultura, y de situación en general. Había un mozo de Sevilla que
obedecía al perfil que estamos tratando de mimoso, cariñoso y un tanto
caprichoso, y ya durante el viaje echaba de menos a su familia (sobre todo a su
madre), y también a su circulo próximo de relación, según comentaba había sido
tratado siempre con mucho mimo y atenciones especiales, hasta tal punto que había
desarrollado una adicción a esa forma de trato, y al separarse de su madre y
resto de personas de su círculo próximo de relación, se encontraba en situación de
desamparo, las gentes no le decían lo que él estaba acostumbrado a oír
diariamente, no lo trataban como los de casa y familia, el capataz y los
compañeros no le hablaban con mimo y cariño, le daban órdenes y le asignaban
tareas muy pesadas a las que no estaba acostumbrado, porque durante el curso se
libró de lo más pesado por medio de una amistad o recomendación, pero allí era
uno más, no había distinciones ni privilegios ni favores especiales. Llegó a
estar tan desesperado que empezaba a enfermar, y abandonó el empleo y se fue junto
a los suyos.
El nos
comentaba que había sido siempre muy mimado y querido, y todo lo que pedía le
era concedido, su madre siempre la decía que era el mejor, el mas guapo, el más
simpático, el más lindo, el más, el más y el más, y él también lo creía así,
porque después de escucharlo tantas veces a su madre y alguno más de la
familia, por lógica termina en la creencia de que es una realidad, la sorpresa
es cuando se sale del entorno familiar y nos enfrentamos a la sociedad, a las
muchas formas de condiciones laborales con sus niveles de dificultad, a la
creación de nuestra propia familia, donde en principio nadie te dice que eres
lo mejor, el mas guapo, lo más de lo más, eso solo ocurre en la intimidad de la
familia, y solo en algunos casos, y quizás también en los casos de los
enamoramientos ciegos, porque si el enamoramientos en lúcido, se le puede
decir: “eres muy bueno”, pero en ningún caso: “eres el mejor”.
Cuando le
decimos a alguien que es el mejor, el más guapo, el más inteligente, etc., le
estamos mintiendo, porque para saber que es el mejor, habría que conocer de
forma total al resto de todas las personas que forman la humanidad, y reconocer
por evidencia que es superior en todo y por todo al resto, solo entonces se le
puede decir a alguien que es el mejor con un mínimo de veracidad, y como es
imposible que alguien pueda conocer ni tan siquiera a una persona de forma
total, pues por eso es una falsedad el decirle a un ser querido que es el
mejor, el más guapo, con este proceder le estamos creando una imagen
desvirtuada de sí mismo, al decir “eres el más” le incorporamos al odioso mundo
de las comparaciones, (el más, el menos).
Solo en
casos muy especiales puede servir de ayuda el agasajo, la alabanza, el
enaltecimiento, y el dirigir palabras, gestos u otras formas que sitúen a las
personas por encima de su realidad o tenencias, la mayoría de las veces se le
daña, porque le hacemos creer que son dueños o portadores de un valor, virtud o
cualidad que en realidad puede que no posean, pero como se lo dice su padre, o
su madre o hermano, o aquella persona que quiere impresionarla con algún oculto
propósito etc., pues se lo tienen que creer, y después cuando nos enfrentamos a
la sociedad resulta de que nadie reconoce aquellos méritos, o aquellas
maravillas de las que nos ha estado hablando tanto tiempo, puede llegar a ser
frustrante y deprimente.
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