En mi opinión, todas las vidas son mejorables. Todas tienen capacidades
o cualidades pendientes de desarrollar hasta su apogeo, todas las
facetas de nuestra vida tienen posibilidades de mejoramiento y
perfección, todos nuestros actos y pensamientos pueden ser corregidos si
no son de nuestro agrado, todo lo que depende de nosotros tiene siempre
algo en lo que poder esmerarse para su mejoría.
Una parte
importante de nuestro bienestar no depende de los éxitos generales
conseguidos, ni de la economía bien resuelta, ni del brillo que podemos
llegar a aparentar socialmente, sino que procede de tener una sensación
íntima –que no se deje vencer ni persuadir- de concordia y bienestar con
uno mismo.
Algunos le damos la importancia que merece al hecho
de que en la relación con nosotros mismos tiene que haber un ánimo de
algún modo sosegado que nos evite la confrontación directa o soterrada, y
que también nos evite algunos reproches que aparentan ser de origen
desconocido y se manifiestan en forma de descontento inexplicable, de un
vacío que sólo permite ser llenado por uno mismo con su amor propio, y
eso provoca una falta de plenitud que no consuela ni puede satisfacer
cualquier otra cosa.
Otros son capaces de desoírse, de sepultar
sus reclamaciones internas con distracciones que compran con dinero y
evasiones de cualquier tipo –no siempre lícitas ni sanas-, y llegan a
ser capaces de relegar continuamente la solución de su reclamación
íntima, y hasta de negar la evidencia de su voz interna.
La vida
–la vida auténtica- nos sugiere o nos reclama el mejoramiento en forma
de acercamiento entre el yo que se manifiesta y el Yo que no es físico.
Las voces internas no se acallan con el ruido externo.
Si acaso, se pueden disimular, distraer, disfrazarlas de otra cosa,
intentar sofocarlas, amortiguarlas temporalmente… pero dentro de cada
uno hay un impulso vital que empuja al deseo de repararse, porque todos
somos conscientes de nuestras imperfecciones, de las cosas en las que
podríamos ser más honestos o más ecuánimes o más…
Todos somos
conscientes de bastantes de las cosas que no hemos hecho bien, y todos
tenemos una conciencia observadora que nos habla en forma de
insatisfacción íntima, o nos grita de un modo innegable, porque cada
persona es más su conciencia que el humano que se mueve por el mundo, a
veces como un elefante en una cacharrería, a veces como un patán
irremediable, a veces asolando los sentimientos de otras personas sin
darse cuenta de la desolación producida.
La vida, que somos
nosotros, que es nuestra presencia en el mundo, y no es ninguna otra
cosa, requiere para la propia evolución –humana y/o espiritual- de
nuestra presencia constante incondicional, de nuestra atención continua
con el objetivo claro de atender nuestras demandas internas, las que nos
requieren y reclaman, las que nos van a acercar a nuestro centro o
nuestro destino.
La Vida Mejorable es una responsabilidad –irrenunciable- personal e intransferible.
Nadie ha de hacerlo por nosotros, a nadie ni a nada podemos encomendar esa tarea: ni a otra persona ni al destino ni al azar.
Es tu obligación –sí, obligación-, tu necesidad –aunque no quieras
reconocerla-, y lo sensato: acometer esta misión venerable de mejorar tu
vida, tanto en lo social como en lo espiritual.
Y mientras antes y más intensamente lo hagas, más beneficiado saldrás.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
martes, 12 de octubre de 2021
LA VIDA MEJORABLE (Por Emma Fernandez)
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