En el camino del crecimiento personal, muchas veces emergen dos arquetipos inconscientes: el del Gurú y el del Adepto..
El Gurú representa la figura sabia, protectora, que parece tener todas las respuestas. El Adepto, por su parte, es quien busca guía, contención, una salida al dolor o a la confusión interna.
Ambos arquetipos son legítimos y necesarios en ciertos momentos. Pero cuando se cristalizan, pueden volverse una trampa:
el Gurú se convierte en autoridad incuestionable, y el Adepto en alguien que entrega su poder personal a otro.
En el proceso terapéutico, es frecuente que estas figuras se proyecten:
el terapeuta puede ser idealizado como un salvador, y el paciente, sin darse cuenta, puede desvalorizar sus propios recursos.
La verdadera sanación comienza cuando el terapeuta no necesita ser Gurú, y el paciente se permite dejar de ser Adepto.
Cuando la relación se equilibra, y ambos ocupan su humanidad, aparece algo más profundo: una presencia que acompaña, no que dirige.
Una guía que no da respuestas, sino que ayuda a que cada uno escuche las suyas.
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