El
ritmo de los demás no es tu ritmo. Y los tiempos de los demás no son
tus tiempos. Con esto en mente, avanza. A tu manera. Sin prisa, pero sin
pausa. ¿Que otros lo consiguieron antes? Perfecto. ¿Que para otros es
más fácil? Estupendo. ¿Que no terminan de comprenderte? Adelante. Otras
personas aparecerán que sí lo hagan, pues la comprensión principal ha de
surgir de ti.
En
el camino te irás encontrando a las almas adecuadas. Las que deseen
profundizar verdaderamente en tu vida, en tu mundo, en tu ser real… Las
que tengan tiempo y ganas. Las que no proyecten sobre ti lo que
“deberías” estar haciendo (o haber hecho). Las que se pongan en tus
zapatos, y no te miren únicamente a través de los suyos…
Vende
muy cara la palabra “amistad”. No se la adjudiques a cualquiera. Las
amistades se forjan con el paso del tiempo. En las buenas y en las
malas. En la luz y en la oscuridad… Con el tiempo te darás cuenta de lo
que era amistad y de lo que era, simplemente, una interacción
superficial. Por ello, mira hacia ti. Ámate como nadie más va a hacerlo.
Esa es la base. A partir de ahí, construye tu mundo. Rodéate de las
personas adecuadas. Deposita tu confianza en quien te la demuestre y la
merezca. Mereces mucho más que relaciones a medias. Que amistades a
medias. Que conversaciones predecibles en las que siempre se camina de
puntillas sobre lo esencial… Distingue muy bien lo real de lo pasajero. Y
ofrece tu mundo a quien realmente esté preparado para acogerlo. A las
personas que compartan ese mundo y ese ser interno. A las almas que no
estén predispuestas a juzgarte, sino que te ofrezcan su mano y quieran
navegar contigo tanto en lo malo como en lo bueno.
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