Y me volví adicta a mí
Y me volví adicta…
a la calma que nace en el silencio,
a la libertad que se siente cuando ya no cargas cadenas, a la paz que habita en el alma y a la dulce compañía de mi propia soledad. 
Me volví adicta a no tener que dar explicaciones,
a vivir sin justificar mi risa ni mi llanto, a ser feliz con alguien, sin nadie o incluso a pesar de alguien.
Aprendí a regalarme tiempo, a obsequiarme espacios sagrados donde puedo ser yo misma, a no mendigar afecto ni atención, a no abrir las puertas de mi corazón a quienes no saben cuidar lo frágil y lo eterno que llevo dentro.
Me volví adicta a los días de lluvia, que me enseñan la belleza de lo melancólico y a los días de sol, que me recuerdan que siempre hay luz detrás de las nubes.
Y entonces…
me volví adicta a brillar con mi propia luz, a sostenerme con mis propias manos, a olvidar el calendario y creer que siempre es domingo, ese día sin prisas, donde el alma respira libertad.
Me enamoré del amor propio: de quererme, de respetarme, de reconocer mis heridas sin avergonzarme, de mirar mis límites y aun así decirme:
“Eres suficiente, y lo has sido siempre.”
Porque amor propio no es vanidad.
No es creerme perfecta ni pensar que mi reflejo es impecable.
El verdadero amor propio es aceptar mi esencia con sus luces y sus sombras, abrazar mis carencias y transformarlas en aprendizaje, mirar mis defectos y aun así sonreírme frente al espejo.
Y poco a poco…
día tras día…
me volví adicta a mí, a la magia de saber que no necesito nada más para sentirme completa. 
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𝐅𝐞𝐥𝐢𝐳 𝐧𝐨𝐜𝐡𝐞!
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