La
vida del Espíritu es una sola e inmortal, compuesta de ciclos en
concordancia con su necesidad de progreso. Cada uno de esos ciclos,
comprende un programa amplio a realizar en el mundo donde baja a
encarnar.
Cuando
dicho programa se realiza en una sola existencia, como suele suceder en
las encarnaciones de seres espirituales de gran evolución, el ciclo se
circunscribe a esa sola existencia en ese mundo. Pero, dado el atraso
evolutivo de nuestra humanidad, ninguno de nosotros realiza el programa
en una sola existencia, por lo que necesario es volver una y otra vez,
hasta realizarlo.
Este
mundo nuestro, que dicho sea de paso, no es de los más adelantados, es
una escuela de aprendizaje para espíritus de mediana evolución.
En
cada vida venimos para hacer un curso (o completarlo) en el ambiente
que corresponda a cada cual, de acuerdo con el estado de adelanto o
atraso en que se encuentre. Y como somos malos estudiantes de la vida...
Aun cuando la comparación no es exacta, consideremos cada ciclo un
curso para una mejor comprensión.
¿Cuál podría ser, entonces, el número de reencarnaciones para realizar ese programa?
No
hay número prefijado, ya que depende del mayor o menor esfuerzo y de la
conducta de cada espíritu en la realización de ese programa trazado en
el plano extrafísico.
No obstante, debemos considerar que lo peor queda atrás en la noche de los tiempos.
Supongamos
que comienza un ciclo con un programa para la conquista de la
paciencia, prudencia y cualidades análogas complementarias; que lleva
implícito la superación de la impaciencia, irritabilidad, iracundia,
etc.
Puede
que llegue a realizar dicho programa en cinco vidas humanas, puede que
emplee diez, veinte o más. No está limitado, depende del propio
esfuerzo.
Y
este número de vidas, componen un ciclo de reencarnaciones.
Naturalmente que, en ese mismo ciclo de vidas, adquiere también
múltiples experiencias que irán desarrollando su inteligencia y poder
mental, a la vez que conquistando cualidades positivas que contribuirán a
su progreso.
Supongamos
que, ya realizados varios ciclos, haya llegado a un punto o grado de
progreso intelectual y desarrollado una gran capacidad mental, pero le
falta la conquista más valiosa en el progreso espiritual:
el amor.
Tendrá
que comenzar un nuevo ciclo de encarnaciones para superar el EGOÍSMO,
fuertemente enraizado en el alma humana, y tronco de cuyas ramas salen
otras muchas imperfecciones, tales como; envidia, avaricia, amor propio,
celos, orgullo, soberbia, etcétera. ¿Cuántas vidas puede necesitar para
arrancar de sí, para superar todas esas imperfecciones y adquirir el
amor fraterno?
Muchas o pocas, depende del grado de imperfección en que cada cual se halle y el esfuerzo que ponga en ello.
Aquellos
que creen conseguir la llamada salvación en una sola vida, ¿han
meditado sobre lo que es la salvación? ¿Conocen acaso, el número de
imperfecciones que aún arrastran?
¿Se consideran tan perfectos como para alcanzar ese estado sublime en el corto tiempo de unos años?
¿No
será, acaso, que viven con la pueril esperanza de alcanzar
graciosamente toda una eternidad de bienaventuranza y felicidad, lo que
por el propio esfuerzo ha de conquistarse?
Nuestros
errores, en pensamiento, palabras y acciones, productores de fuerzas
psíquicas desequilibrantes que hemos hecho gravitar sobre nosotros
mismos (según será demostrado al enfocar la Ley de Consecuencias), han
impregnado nuestra propia naturaleza psíquica, han oscurecido y
densificado el alma y producido un desequilibrio en nuestra sección del
Cosmos, y cuyo equilibrio tiene que ser restablecido: ya voluntariamente
con amor, amor sentido y vivido en nuestras relaciones humanas y con
todo lo creado;» ya compulsoriamente por el dolor.
Sebastián de Arauco.
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