Quedarse anclado en lo que no recibió durante su infancia es una trampa que lo mantiene atado a la escasez. Mientras usted insista en mirar únicamente sus carencias, se asegura de seguir siendo la víctima de su propia historia. Incluso en las historias más difíciles, con padres ausentes o heridos, existieron momentos de luz: alguien lo alimentó, alguien lo abrigó o, como mínimo, le transmitieron el milagro de la vida.
Tomar lo bueno, por pequeño que parezca, no es justificar daño; es un acto de supervivencia. Cuando usted se atreve a ver el milagro detrás de la herida, el resentimiento pierde su poder y recupera la energía vital para construir su propio destino. Usted debe entender que seguir reclamando a quienes no pudieron darle más es la forma más rápida de vaciarse por dentro. Solo al reconocer que lo que recibió "fue suficiente", se libera para comenzar a vivir su propia vida.
Mire a sus padres y dígales con firmeza:
"Gracias por lo que sí hubo, con eso me alcanza para vivir".
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