martes, 16 de junio de 2026

CUANDO EL ADULTO REACCIONA COMO UN NIÑO 2ª Parte (Por Claudia Pissani)

 

Viene de la 1ª parte.       Lo que produce cambio real es algo diferente: la experiencia somática — en el cuerpo, en tiempo real — de que la regulación es posible. Que el peligro puede cesar. Que hay suelo firme. Que es posible bajar la guardia lo suficiente para que la corteza prefrontal recupere el acceso y el adulto pueda responder en lugar de que el niño asustado de entonces reaccione.
Uno de los descubrimientos más importantes de la neurociencia del siglo XXI en este contexto es el fenómeno de la reconsolidación de la memoria: cuando una memoria emocionalmente cargada es evocada, se vuelve temporalmente maleable. En esa ventana, si se introduce una experiencia diferente — de seguridad, de compañía, de regulación — el cerebro puede reescribir la asociación. No borra lo que ocurrió, pero cambia lo que el sistema nervioso hace con ello.
IV. RECONOCER LA EDAD DE LA HERIDA
Hay una práctica que el método propone y que tiene un efecto clínico inmediato: en el momento en que la reacción aparece, preguntarse — si hay suficiente regulación para hacerlo — ¿cuántos años tiene la parte que está reaccionando ahora?
No siempre llega una respuesta verbal. A veces es una imagen: un niño en una situación específica. A veces es una sensación corporal: el cuerpo que se encoge, que quiere hacerse pequeño, que busca la salida. A veces es simplemente el reconocimiento de que lo que se siente ahora no corresponde al presente.
Ese reconocimiento no resuelve el trauma. Pero hace algo crucial: crea la distancia mínima necesaria para que el adulto pueda hacerse presente junto a esa parte más joven, en lugar de ser completamente inundado por ella. La diferencia entre ser la parte asustada y poder estar con la parte asustada es la diferencia entre la reactividad y la respuesta.
Ruppert llamó apadrinamiento a este movimiento: la Parte Sana — el adulto que ese niño se convirtió, con los recursos que entonces no existían — tiende un puente de presencia regulada hacia la Parte Traumatizada. No para rescatarla ni para resolver lo que ocurrió. Para ofrecerle, tardíamente pero realmente, lo que nunca recibió: reconocimiento del dolor, exoneración de la culpa, compañía.
Los tres mensajes del apadrinamiento son simples y clínicamente precisos: tu dolor es real y válido. No fue tu culpa. No estás solo. Cuando llegan desde la propia Parte Sana — no de una fuente externa que puede retirarse — tienen una estabilidad que ninguna validación ajena puede garantizar permanentemente.
V. DEL RECONOCIMIENTO A LA INTEGRACIÓN
Reconocer la edad de la herida es el comienzo, no el destino. La integración ocurre cuando la Parte Traumatizada puede ser acompañada hasta que su material congelado sea elaborado — cuando el niño o la niña de entonces puede recibir lo que no recibió entonces, aunque sea ahora y aunque sea desde la propia Parte Sana del adulto.
El Método TriFOCAL trabaja esta integración en tres movimientos que la neurobiología exige en ese orden. Primero la regulación somática: activar el nervio vago ventral, devolver al sistema nervioso al estado desde el cual la corteza prefrontal puede funcionar. Sin ese primer paso, cualquier aproximación al material traumático produce reactivación, no integración.
Luego el apadrinamiento emocional: el encuentro de la Parte Sana con la Parte Traumatizada, con la presencia que esta última nunca tuvo. Y finalmente la re-simbolización: la transformación de la imagen que el sistema nervioso tiene de su propia historia, que es también — en términos neurobiológicos — la reconsolidación de la memoria que permite que lo que ocurrió deje de determinar automáticamente lo que ocurre.
Lo que emerge de ese proceso no es la ausencia de desencadenantes — el sistema nervioso siempre será sensible a ciertas señales. Es la capacidad de reconocerlos cuando aparecen: de saber que esta intensidad no pertenece del todo al presente, de poder hacer una pausa antes de que la reacción tome el control, y de responder desde el adulto en lugar de desde el niño de entonces.
Esa es la resiliencia real. No la que no siente nada. La que siente y puede sostenerse en lo que siente sin ser gobernada por ello.
El cerebro que aprendió a responder como si el peligro de entonces siguiera presente puede aprender otra cosa. No por decisión — por experiencia repetida de que esta vez puede ser diferente. Eso es neuroplasticidad. Y eso es lo que el trabajo de integración del trauma produce, célula a célula, sesión a sesión, en el tejido nervioso que porta la historia.
💙 Centro Bert Hellinger: Psicoanálisis y Constelaciones Familiares 💙
Derecho a su autor

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