Marco Aurelio nos recordaría que la tarea de un padre no es eliminar todas las piedras del camino, sino enseñar a su hijo a caminar sobre ellas.
Muchos creen que amar es resolver cada problema, evitar cada caída y despejar cada obstáculo. Pero tarde o temprano llegarán las dificultades, las decepciones y los momentos que nadie puede evitar.
El estoicismo enseña que no controlamos todo lo que ocurre, pero sí podemos formar el carácter para enfrentarlo. Por eso, uno de los mayores regalos que un padre puede ofrecer no es una vida cómoda, sino una mente fuerte; no es un camino perfecto, sino la capacidad de seguir avanzando cuando el camino se vuelve difícil.
Un hijo que aprende disciplina soportará mejor la adversidad. Un hijo que aprende responsabilidad afrontará sus deberes. Un hijo que aprende virtud no dependerá de las circunstancias para mantenerse firme.
La meta no es criar hijos que nunca sufran.
La meta es criar hijos que sepan levantarse cuando el sufrimiento llegue.
Porque el mundo puede ser duro, pero un carácter bien formado es una fortaleza que acompaña toda la vida.
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