Madurar
no es solo comprender que nuestros padres son humanos. Es comprender
que, mientras nosotros construimos una vida llena de capítulos, ellos
pasan años escribiendo una sola historia cuyo protagonista somos
nosotros.
Cuando
somos niños, creemos que nuestros padres siempre estarán ahí. Cuando
crecemos, descubrimos algo más difícil: también envejecen, también
temen, también pierden y también cuentan los días.
El
estoicismo nos recuerda que todo es transitorio. No para volvernos
fríos, sino para volvernos agradecidos. Quien recuerda que algún día
deberá despedirse, aprende a valorar más cada conversación, cada abrazo y
cada momento compartido.
Muchos
lamentan no haber pasado más tiempo con sus padres cuando ya es
demasiado tarde. El sabio actúa antes de que llegue el arrepentimiento.
No espera a la pérdida para reconocer el valor de lo que tiene.
Tus padres fueron testigos de tus primeros pasos. Tal vez ahora te corresponde a ti acompañarlos en los suyos.
Porque
la vida sigue avanzando, el reloj nunca se detiene y, como diría un
estoico, la mejor forma de honrar lo que es efímero no es aferrarse a
ello, sino amarlo mientras está presente.
Epicteto enseñaba que nada de lo que amamos nos pertenece realmente; nos es confiado por un tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario