No vinimos a este mundo solo para sobrevivir.
No vinimos únicamente a pagar cuentas, cumplir horarios, repetir rutinas, acumular cansancio y esperar el final como si vivir fuera una obligación pesada.
Vinimos también a sentir.
A equivocarnos.
A aprender.
A amar.
A perder.
A levantarnos.
A mirar el cielo en silencio.
A reír hasta que duela el pecho.
A llorar cuando el alma no puede más.
A conocer personas que nos cambian.
A soltar otras que nos destruyen.
A probar caminos, aunque algunos terminen en caída.
Porque la existencia humana no es perfecta.
Es intensa.
Es contradictoria.
Es hermosa y brutal al mismo tiempo.
Hay días que parecen un regalo.
Y otros que parecen una prueba diseñada para rompernos.
Pero incluso ahí, incluso en el dolor, hay algo que aprender. Algo que mirar. Algo que despertar.
Quizá nada ha sido casual.
Quizá cada pérdida, cada encuentro, cada despedida, cada retraso, cada golpe y cada milagro pequeño han estado minuciosamente colocados en el camino para enseñarnos algo que no habríamos entendido de otra forma.
A veces la vida no te quita.
Te redirige.
A veces no te castiga.
Te despierta.
A veces no te rompe.
Te revela de qué estás hecho.
Y cuando entiendes eso, dejas de vivir en automático.
Empiezas a mirar distinto.
El café de la mañana sabe diferente.
Una conversación sincera vale más.
Un abrazo se vuelve sagrado.
Un día tranquilo deja de parecer poca cosa.
La salud se vuelve riqueza.
La paz se vuelve lujo.
Y estar vivo deja de sentirse normal.
Porque no lo es.
Estar vivo es una oportunidad enorme.
Una oportunidad para experimentar la existencia humana con todo lo que trae: luz, sombra, deseo, miedo, amor, incertidumbre, caída, renacimiento y propósito.
No sabemos cuánto tiempo tenemos.
No sabemos cuántas veces más veremos amanecer.
No sabemos cuántas personas se quedarán.
No sabemos cuántas puertas se abrirán.
No sabemos cuántas versiones de nosotros todavía faltan por nacer.
Por eso vive.
Pero vive de verdad.
No medio vivo.
No dormido.
No esperando permiso.
No atrapado en lo que otros piensan.
No guardando tu alma para “después”.
La vida es para vivirla con mayúsculas.
Con presencia.
Con valor.
Con gratitud.
Con hambre de sentido.
Con los ojos abiertos.
Con el corazón dispuesto.
Porque todo, absolutamente todo, parece haber sido medido con una precisión misteriosa para traerte hasta aquí.
Y si todavía respiras, tal vez no es casualidad.
Tal vez la vida aún espera que te atrevas a vivirla como viniste a hacerlo:
sin pedir perdón por existir,
sin apagar tu fuego,
sin olvidar que estar vivo también es un milagro.
Web
No hay comentarios:
Publicar un comentario