En mi opinión, y sin que seamos
conscientes -por lo cual no las evitamos cada vez que se presentan-,
nos afectan en mayor o menor medida interferencias en lo que debiera ser
el desarrollo lúcido de nuestra vida, y vienen siempre desde la
educación –o deseducación- que nos aportaron en nuestra infancia, que
estuvo contaminada por los traumas, miedos, errores, complejos,
frustraciones, y equivocaciones, que los educadores portaban. Y englobo
en “educadores” tanto a los padres como a los abuelos, otros familiares,
profesores o curas/monjas, amigos, consejos, ideas, instrucciones y
órdenes.
Están grabadas en nuestro inconsciente -desde la
infancia- porque en su momento las aceptamos, con más o menos reparos,
ya que no teníamos más remedio que sobrevivir, y para sobrevivir era
imprescindible seguir bajo el cobijo y el amparo de la familia a la que
pertenecemos, que nos daba alojamiento y alimento, cubría nuestras
necesidades básicas, y en algunos casos inclusivo daban caricias o amor.
Si lo reflexionamos con atención, si nos observamos con esmero,
descubriremos que repetimos frases, gestos, o el modo de ser de alguno
de aquellos que participaron en nuestra educación y crianza.
Éramos entonces loros que repetían sin saber lo que decían, imitadores
de unos adultos que no eran conscientes de que estaban formando la
personalidad del niño, y lo que iba a ser su vida y su futuro, al estar
aprendiendo de personas que no eran precisamente expertos en la
enseñanza. Personas que no se encargaron de actualizarse, de sanarse y
purificarse, y se limitaron a repetir lo que sabían sin valorar si era
bueno o malo, si era beneficioso o perjudicial.
Ese repetir sin
saber si uno está de acuerdo, ese representar el papel que otros han
escrito para uno sin estar de acuerdo ni con el guión ni con el montaje
ni la representación, se volvió en contra y nos ha perjudicado y nos
perjudica.
Uno padece un conflicto –en muchas ocasiones- entre
lo que hace y lo que realmente querría hacer; es un conflicto -del que
uno no es consciente del todo pero sí que lo intuye con claridad- entre
lo que es complacer a los educadores obedeciéndoles y lo que es vivir de
acuerdo con los propios principios.
Es un sentimiento
indefinible, no es mortal pero crea angustia, desconcierto, una
sensación de desubicación, de no tener claro quién es uno y quién es el
que reclama desde dentro, el que no está de acuerdo y propone romper
cosas y hacerlas de nuevo.
Esas interferencias entre el personaje
que han creado los otros con sus enseñanzas, mandatos, o
adoctrinamiento/adiestramiento, y el que nosotros intuimos que se
encuentra en el interior, latente pero sin manifestarse, con el que nos
sentimos más identificados, más en sintonía, crea un conflicto del que
no siempre se sabe cómo salir.
Y entonces se recurre al psicólogo
–en los casos más extremos-, o uno busca y se busca en charlas sobre
Desarrollo Personal, conferencias, libros y artículos cuyos títulos les
llaman a gritos, o se pregunta “2¿realmente quién soy?”, y entonces uno
descubre su desidentificación con quien está siendo, que no coincide,
por supuesto, con quien realmente es.
Ese momento de desconcierto, mezclado con una alegría esperanzada, puede marcar el inicio del descubrimiento de quién es uno.
Y lo primero que uno descubre es el desconocimiento de sí mismo, la
sensación de haber estado viviendo una vida equivocada o de un modo
equivocado. Y luego descubre la cantidad de preguntas que tiene sin su
correspondiente respuesta. Lo perdido que está. Y que hay un mundo que
no es el mundo que ha vivido o en el que ha vivido.
Esa es la
tarea. El Desarrollo Personal, la actualización de todas las virtudes,
el perfeccionamiento de todas las cualidades, progresar y mejorar,
empezar a sentirse en paz consigo mismo.
Es necesaria la
eliminación de las interferencias programadas para poner en su lugar un
brillante Plan de Vida, que es una tarea interesante, intensa, llena de
alegrías y algunas decepciones, pero grandiosa… e inevitable.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
viernes, 8 de julio de 2022
LAS INTERFERENCIAS PROGRAMADAS (Por Emma Fernandez)
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