En mi opinión, la empatía es el instrumento que nos permite tener una relación más apropiada con el resto de las personas.
Cada uno estamos acostumbrados a ver la vida, y las cosas, desde
nuestro propio punto de vista y metidos en nuestros zapatos, pero cada
persona tiene una educación, un historial, unas circunstancias o unas
vivencias tan distintas que, aunque miremos hacia el mismo, sitio no
veremos lo mismo.
“Todo es según el color del cristal con que se
mira”. Y esos cristales los tintan las experiencias personales, la
educación que cada uno ha recibido, los valores propios, la esperanza o
la desilusión con que uno afronta las cosas, la fe o el pesimismo, la
fuerza o la desconfianza con que uno vive.
No hay cristales
estándar que sean iguales para todos, y eso quiere decir que se ha de
respetar al otro aunque comprobemos que piensa distinto, que siente de
otro modo, que actúa de forma diferente. No hay dos personas que se
repitan.
“Yo en su lugar haría, o pensaría, o actuaría distinto”,
pero… no estamos en su lugar. Y, además, eso no es cierto. Si uno
estuviera en el lugar del otro y acarreara sus mismos condicionamientos
actuaría exactamente igual. Esto hay que tenerlo muy claro.
Uno ve las cosas de distinto modo porque es otra persona y son otras sus condiciones y sus circunstancias.
Así que antes de emitir cualquier juicio, antes de imponer una opinión,
antes de erigirse en juez o en portador de la Sabiduría Universal,
antes de dictar lo que sería la perfección –en la opinión personal-,
antes de ser Dios, conviene hacer una reflexión, una introspección, una
toma de contacto con la empatía… y aplicarse sensatez, buen criterio, y
una amplia comprensión exenta de prejuicios, para poder ver lo que el
otro ve y desde su punto de vista, para sentir lo que el otro siente y
desde su lugar y sus circunstancias.
Y no es fácil.
Es más
fácil juzgar desde una prepotencia –a veces camuflada, y esto hay que
verificarlo con mucha atención y cuidado- que se cree en poder de todas
las verdades, dueña de la perfección absoluta, por encima de todo y de
todos.
El ego no es un buen compañero cuando se trata de amar, y
comprender al otro no es sólo abrir la mente, es también, y sobre todo,
abrir el corazón.
Despacio. Cuando se trata de los otros, siempre
hay que tener mucho cuidado, mucho tacto, mucha delicadeza, mucha
condescendencia, mucha benevolencia, y mucha tolerancia.
Comprender al otro es uno de los caminos más directos para comprenderse a sí mismo.
Cada ocasión de ver al otro como es y sentirle como es -y no como uno
quisiera que fuera- es una oportunidad que hay que aprovechar y hay que
experimentar.
Y uno saldrá muy reconfortado y con el alma tan en paz como henchida.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
domingo, 24 de septiembre de 2023
LO QUE TU VES NO SIEMPRE ES LO QUE YO VEO (Por Emma Fernandez)
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