En mi opinión,
ese propósito de cambiar que todos nos hemos plantado en más de una
ocasión, si no está muy bien encaminado y no se tiene claro qué y cómo y
por qué se va a cambiar, nos puede llevar a incurrir en un error
importante.
Cuando hacemos ese propósito es porque hemos
descubierto algún aspecto nuestro que no nos gusta, o porque hemos visto
en otros algo que nos gustaría adoptar y ponerlo en el lugar de lo que
nosotros tenemos.
Sabemos que las personas no estamos del todo
satisfechas con respecto a cómo somos, actuamos, pensamos, decidimos…
así que no podemos evitar pensar que si hiciésemos ciertos cambios
podríamos acercarnos más al ideal de perfección.
Lo ideal –según
dice el diccionario- es algo que no existe sino en el pensamiento, algo
que se acopla perfectamente a una forma o arquetipo, que es excelente o
perfecto en su línea.
A la vista de esto, conviene tener mucho
cuidado con ese Yo Ideal al que aspiramos, que aparenta ser símbolo de
la perfección, dechado de virtudes y excelencias, engañoso e irreal
exponente del esplendor y la magnificencia.
El riesgo que conlleva hacerlo es grave.
Cuando se pretende ese cambio en realidad en lo que se está pensando es
en cambiar el modelo o el personaje que estamos viviendo en este
momento por otro que parece mejor, pero… eso en realidad es cambiar un
personaje por otro, poner otro modelo en el modelo que estamos usando en
este momento. No es ser uno mismo.
El modelo o personaje que
estamos manifestando en este momento no somos nosotros –y esto es
imprescindible tenerlo claro-, así que antes de ponerse a crear otro
nuevo y distinto, conviene descubrir cuánto de nosotros hay realmente en
el que estamos mostrando
Porque si el cambio hacia ese Yo Ideal
lo estamos haciendo sobre el Yo Idea –la idea que nos hemos formado de
nosotros de quiénes somos en función de lo que los otros nos han dicho
acerca de nosotros-, seguimos fomentando vivir como quienes no somos.
Es imprescindible averiguar la respuesta a “¿Quién soy yo?”, descubrir
al real, conocerle/conocernos, comenzar –por fin- a relacionarnos con
nuestra realidad –sea la que sea-. Realizarnos.
La expresión
natural y real de quienes somos verdaderamente es lo más cercano a
nuestra perfección –y no a la perfección según un modelo ajeno-.
Se impone como tarea obligatoria deshacernos del personaje, del modelo
impuesto, de todo lo falso que nos ha podido servir hasta ahora pero que
atenta contra nuestra naturaleza, y de las ideas o mandatos que usamos
aunque no sean nuestros; se impone quitarnos todo aquello que nos
oprime, ese actor que usurpa nuestra esencia y particularidad, ese
impostor que representa que somos nosotros.
Y una vez que
lleguemos al que de verdad somos, y nos deshagamos del resto, entonces
es cuando podemos comenzar la tarea de cambiar, que no sería cambiar
sino empezar a ser, de verdad, uno mismo.
Todos los seres humanos
tenemos en nuestra esencia nada más que virtudes y cualidades, y la
mayoría de ellas no las hemos desarrollado hasta su máxima capacidad.
Desarrollar toda nuestra generosidad no dejaría espacio para el
egoísmo, y desarrollar toda nuestra humildad no dejaría espacio para el
orgullo.
Así que –en mi opinión- no se trata de hacer cambios,
sino que se trata de conocer quién es uno, y que sea ese uno quien vaya
evolucionando en el propio encuentro con su perfeccionamiento
consciente, o por lo menos acercándose lo máximo posible a él.
NO CAMBIES. SIMPLEMENTE, SÉ TÚ MISMO.
Pero tú de verdad. Afronta la duda y pregúntate “¿Quién soy yo?”, o
“¿Quién NO soy yo en este personaje que estoy representando?”.
SÉ REALMENTE TÚ MISMO. ESE ES EL GRAN CAMBIO.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
jueves, 26 de diciembre de 2024
NO CAMBIES, NO TE CONVIERTAS EN ALGUIEN IDEAL (Por Emma Fernandez)
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