Un perro te cuida de los ladrones de carne y hueso.
Las entidades de bajo astral —esos parásitos que se alimentan de tu ansiedad, tu miedo y tu escasez— necesitan que tu hogar sea un pantano de oscuridad para poder cenar.
No es pereza.
Está procesando.
El gato funciona como un transformador: absorbe la densidad que tú traes de la calle, la que se genera tras una discusión o la que emana de tus pesadillas, y la transmuta mientras ronronea.
Donde hay un gato sano y alerta, la sombra no puede echar raíces.
El ronroneo no es un sonido de afecto; es una vibración de fractura que rompe las formas de pensamiento negativas antes de que se peguen a tu aura.
Él no está loco; está marcando el territorio frente a un intruso que tú aún no puedes ver.
Si tu gato evita sistemáticamente una habitación o se queda mirando un punto fijo con las pupilas dilatadas, ¿crees que es un juego o está intentando decirte que hay una fuga de energía que lo está agotando?
¿Quién crees que está pagando el precio de esa carga negativa que traes a casa si no tienes a nadie que limpie el aire mientras duermes?
Tu gato llegó a tu vida porque detectó una fisura en tu escudo de poder.
Pero cuidado: el gato es un filtro, no un basurero infinito.
Tu filtro se ha saturado.
Permítete recuperar la paz de tu templo.
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