No huye del peligro. Lo enfrenta.
Y no le importa el tamaño del monstruo.
—
Un gato.
En su boca, la cola de un demonio.
El demonio, colgando, pataleando, gritando pidiendo ayuda.
El gato no tiembla.
No duda.
No suelta.
No le importa que el otro sea más grande.
No le importa que pueda salir lastimado.
No le importa el riesgo.
Solo le importa una cosa: proteger tu hogar.
—
Una esquina vacía.
La puerta.
La ventana en medio de la noche.
Se queda ahí, quieto, con la mirada fija.
Las orejas hacia atrás.
El lomo erizado.
No está jugando.
No está viendo una sombra.
Está midiendo a un enemigo que tú no puedes ver.
Y aunque tenga miedo, no se corre.
Porque él sabe que si se corre, el monstruo va por ti.
—
Soldados silenciosos que eligieron tu casa como su trinchera.
Tu energía como su campo de batalla.
Tu paz como su misión.
No te piden nada a cambio.
No te explican lo que hacen.
No te cuentan de las batallas que ganan mientras vos dormís.
Solo se sientan a tu lado, ronronean, y cierran los ojos.
Como si nada hubiera pasado.
Pero algo pasó.
Y ellos lo enfrentaron sin temor.
—
Ese demonio no es un invento.
Es real.
Energías oscuras que se acercan a tu hogar.
Parásitos que buscan instalarse en tu campo.
Presencias que se alimentan de tu cansancio, de tu tristeza, de tu vacío.
El gato las ve.
El gato las enfrenta.
El gato las somete.
No con varitas mágicas.
Con esa valentía que parece desmedida para un animal tan pequeño.
—
🜟 Si tu gato se para firme frente a algo que no podés ver…
No lo apartes.
No le tengas miedo.
No lo ignores.
Él está haciendo su trabajo.
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