Una cosa es recordar con cariño.
Otra muy distinta es vivir dentro de una relación que murió hace años y tú te niegas a enterrar.
Retener no es amor.
Es cobardía emocional.
Es miedo a estar solo.
Es preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer.
—
Yo lo llamo: seguir pagando un recibo de luz de una casa que ya no es tuya.
Esa persona ya se fue. Ya te dijo. Ya cumplió su ciclo.
Tú, en cambio, sigues ahí.
Revisando sus estados.
Imaginando conversaciones.
Preguntándote "y si vuelve…"
Y mientras tanto, tu presente se pudre.
Porque estás demasiado ocupado idealizando un pasado que nunca volverá.
—
Es una habitación oscura donde entras cada noche a llorar lo mismo.
Es la misma película de terror que te sabes de memoria pero vuelves a ver.
Es no querer cerrar la puerta porque "si la cierro, pierdo la esperanza".
Pero esa esperanza… es mentira.
Lo perdiste el día que se fue.
Y tú sigues abrazando su ausencia como si fuera oxígeno.
—
Que empiezas a enfermar.
No duermes.
No confías.
Y le transmites a la siguiente persona el veneno que tú no quisiste sanar.
Porque lo que no se cierra… se pudre.
Y apesta.
—
No.
Soltar es aceptar que esa historia ya cumplió su propósito.
Que no fue para siempre.
Que no era ahí.
Que no era esa persona.
Y que está bien.
—
Se mide en lo que aprendiste.
Y si solo aprendiste a sufrir… fracasaste.
Si hoy sigues mirando atrás pregúntate:
¿Eso es amor… o es miedo a estar solo?
—
Tú también puedes terminarlo.
No es traición.
Es supervivencia.
—
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