Hay quienes las creencias y enseñanzas religiosas no satisfacen su ansia de conocer la verdad de la vida, de saber cual es el objeto de la vida, de dónde vienen y hacia dónde van. Otros hay que, habiendo perdido la fe, han caído en un escepticismo que amarga sus vidas ante el torbellino en que se mueve la humanidad. En algunos de nosotros hay una gran inquietud espiritual, que nos hace ir de un lado a otro buscando respuesta a muchas preguntas y dudas. Pero, los más, han caído en la descreencia religiosa y con ello en un materialismo embrutecedor que les está llevando a la frustración; y entre los cuales hay quienes no están conformes, que sienten en sí el ansia de algo que no identifican bien; que ansían conocer dónde está la Verdad de la Vida, y andan buscando. Y en esa búsqueda, vosotros habéis llegado hasta aquí.
Muchos de los que aquí estamos, hemos buscado en diferentes fuentes ese algo reconfortante que nuestro espíritu ansía; pero, no hemos experimentado satisfacción, no hemos aquietado esa ansia que nos apremia, no hemos mitigado nuestra sed de saber; porque, a medida que observamos, que analizamos; a medida que inquirimos el por qué de muchas cosas, topamos con el muro de los dogmas y los credos que no nos dejan avanzar en nuestra búsqueda de la Verdad. Y al igual que nosotros, otros hay que no encuentran satisfacción tampoco en el grupo religioso al cual pertenecen por herencia familiar, y buscan una verdad que resista el análisis, y la cual no logran encontrar.
Los aquí presentes, no hemos llegado aquí por casualidad, sino que estamos respondiendo a la llamada de nuestro espíritu, el Ego superior, nuestra realidad espiritual, que trata de realizar el programa, el compromiso que hizo en el plano extra-físico antes de encarnar. Porque todos, todos, venimos a la vida con un propósito, con un programa a desarrollar, cuyo objeto es el progreso del Espíritu.
Hoy tenéis ante vosotros dos caminos a elegir: el uno, que nos enseñará cómo liberarnos de las desdichas, de la vida o vidas amargas, que es el camino del conocimiento de las leyes de la Vida; el otro, el de la ignorancia, que nos conducirá a esos estados de frustración y desdicha futura. Hemos dicho que nos enseñará; más, nosotros seremos quienes habremos de realizarlo, porque esa es la ley.
El progreso es ley divina, que nadie puede detener definitivamente. Podemos estancarnos, podremos desviarnos durante un tiempo, pero la Ley nos vuelve al camino del progreso. Y nos vuelve: ya creando en nosotros esa ansia, esos anhelos de superación y progreso; ya proporcionándonos Si a esa ansia no respondemos, si no escuchamos a esos anhelos de superación, llegaremos a cerrar los oídos de nuestro espíritu.
Os invitamos a que os determinéis firmemente a penetrar en el campo del conocimiento espiritual, en el cual podréis ir adquiriendo conceptos de verdad que contribuirán grandemente a vuestro progreso espiritual y felicidad futura. No os ofrecemos un cielo gratuito, porque nadie puede darlo; pero, os ofrecemos enseñaros cómo poder alcanzarlo.
Vivimos en una época intelectual y científica, en la cual ya todos tenemos acceso a las fuentes del conocimiento, que en la antigüedad estaba reservado a un muy limitado número de personas. Aprovechemos estas facilidades que la Divina Providencia nos depara para nuestro progreso; porque, nuestro planeta tierra, la humanidad, se encuentra actualmente en el final de los tiempos marcados por la Ley, para comenzar una nueva etapa de evolución, una nueva era planetaria, en la cual tendrán cabida en este planeta, tan sólo aquellos que hayan conquistado los méritos para ello.
Es nuestro propósito cooperar en la autorrealización de quienes tengan ansias de progreso, de quienes ansíen liberarse de la cadena de la ignorancia que nos ata a la rueda de las reencarnaciones penosas en mundos atrasados de sufrimientos. Y es objeto de estos temas canalizar los conocimientos que habrán de orientar hacia el camino de La Verdad, a quienes ansíen buscarla; y a los que no encuentran respuesta a sus dudas e inquietudes, y hayan perdido la fe en la Grandiosidad Divina.
- Sebastián de Arauco.-
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