lunes, 29 de julio de 2024

PUBLICACIÓN DE: Angeles Calatayud.

 

La vida establece sus códigos y la transgresión de los mismos genera los acontecimientos que se transforman en infortunio para los imprudentes, sean o no conscientes de la responsabilidad en la acción que practiquen. Es obvio, que siempre hay factores ponderables que son tenidos en cuenta, agravando o disminuyendo las consecuencias, conforme la conciencia de cada uno.”
Nadie huye de las leyes de Dios que tienen vigencia en todas partes y que están escritas en la conciencia de todos los hombres. Nadie huye de si mismo, ni de las escenas escabrosas que cometa, del remordimiento que suele dominar por largo periodo. Eso sucede más tarde cuando el espíritu despierta y está dispuesto al rescate, y empieza el periodo de resarcimiento. La punición divina, el pecado mortal nunca se hace de manera destructiva del pecador, sino de forma que lo eleve, invitándolo a reparar todos los daños practicados, mediante acciones edificantes y restauradoras del equilibrio. Por eso es muy difícil juzgar correctamente, por el discernimiento de las causas profundas y la percepción de todo en los acontecimientos, que solo la Conciencia Cósmica penetra. Pero nadie se libera de la culpa, sin padecer sus efectos dañinos y crueles.
Llegará un día en que la perversidad desaparecerá de la tierra y la escabrosidad de las almas será substituida por la compasión y por los sentimientos de amor con respeto por la vida. Ese día está aun lejano, los hechos abominables estarán en las páginas de la Historia como pertenecientes al periodo de brutalidad y primitivismo de la criatura humana, como ocurre con los innumerables fenómenos del pasado… Hasta llegar a ese momento, a todos nos caben las actitudes de ayuda y comprensión, de energía y de bondad, reeducando a los condenados y atendiendo a las victimas, de forma que el equilibrio moral predomine en los confines de la sociedad terrestre. El enfermo transitará un largo camino de recuperación y de reconquista de si mismo.
Trabajo realizado por Merchita.
Extraído del libro “Sexo y Obsesión” de Divaldo Pereira Franco.

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