163 – ¿El alma, al dejar el cuerpo, tiene inmediatamente
conciencia de sí misma?
– Conciencia inmediata no es la palabra, pues pasa algún tiempo por un estado de turbación.
164 – ¿Todos los Espíritus experimentan con la misma intensidad y duración la turbación, que sigue a la separación del alma y el cuerpo?
– No, eso depende de la elevación de cada uno.
El que está ya purificado se reconoce casi de inmediato, puesto que ya se liberó de la materia durante la vida física, mientras que el hombre carnal, cuya conciencia no es pura aún, conserva por mucho más tiempo la impresión de la materia.
165 – ¿El conocimiento del Espiritismo ejerce alguna influencia sobre la duración, más o menos larga, de la turbación?
– Una influencia muy grande, porque el Espíritu ya comprendía por anticipado su situación. Pero la práctica del bien y la pureza de conciencia son las que más influyen.
En el momento de la muerte, todo es al principio confuso. El alma necesita algún tiempo para reconocerse, pues está como aturdida y en el mismo estado de un hombre que, despertándose de un sueño profundo, procura explicarse su situación.
La lucidez de las ideas y la memoria del pasado le vuelven, a medida que se extingue la influencia de la materia de la que se liberó y se disipe la especie de neblina que obscurece sus pensamientos.
La duración de la turbación que sigue a la muerte del cuerpo varía mucho; puede ser de algunas horas, de muchos meses y hasta de muchos años.
Es menos larga en las personas que desde su vida terrena se identificaron con su estado futuro, porque entonces comprenden inmediatamente su posición.
Esta turbación presenta circunstancias particulares, según el carácter de los individuos y sobre todo, de acuerdo con el género de muerte.
En las muertes violentas, por suicidio, suplicio, apoplejía, accidentes, etc., el Espíritu está sorprendido, se asombra y no cree estar muerto y sostiene esa idea con obstinación.
Sin embargo, ve su cuerpo, sabe que es el suyo y no comprende por qué está separado de él; se acerca a las personas que estima, les habla y no comprende por qué no le oyen.
Esta ilusión perdura hasta que se logra la completa liberación del periespíritu y solo entonces, el Espíritu se reconoce y comprende que no pertenece ya al número de los vivos.
Este fenómeno se explica fácilmente.
Sorprendido de improviso por la muerte, el Espíritu queda aturdido con el cambio brusco que se operó en él. Para él la muerte continúa siendo sinónimo de destrucción y aniquilamiento. Pues bien, como piensa, ve y escucha no se considera muerto.
Lo que aumenta su ilusión es el hecho de verse con un cuerpo de forma semejante al precedente, pero cuya naturaleza etérea no tuvo tiempo aún de estudiar; él lo cree sólido y compacto como el primero y cuando llaman su atención sobre este punto, se sorprende de no poder palparlo.
Este fenómeno es análogo al de los sonámbulos novicios que creen no dormir. Para ellos el sueño es sinónimo de suspensión de las facultades, pues, como piensan y ven, juzgan que no duermen.
Ciertos Espíritus presentan esta particularidad, aunque la muerte no les haya llegado repentinamente; sin embargo, es siempre más general, en los que, aunque estaban enfermos, no pensaban en morir.
Se ve entonces el singular espectáculo de un Espíritu asistiendo a su propio funeral, como si fuera al de un extraño y hablando de ello como si fuese una cosa que no le concierne, hasta el momento que comprende la verdad.
La turbación que sigue a la muerte no es nada penosa para el hombre de bien; es serena y en todo caso semejante a la que acompaña un despertar tranquilo.
Para los que no tienen la conciencia pura, está llena de ansiedad y angustias, que aumentan a medida que se reconoce.
En los casos de muerte colectiva, se ha observado que todos los que mueren al mismo tiempo, no se vuelven a ver inmediatamente.
En la turbación que sigue a la muerte, cada uno toma por su lado, o no se preocupa más que por aquellos que le interesan.
EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS.
ALLAN KARDEC.
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