Uno
no se enamora de una mujer en particular, uno se enamora del espíritu
femenino en general. No son sus caderas, sino su forma de caminar; no
son sus ojos, sino su mirada; no son sus palabras, sino su voz.
Poco
a poco la vida, a fuego lento como los buenos guisos, va haciéndonos
entender que el envoltorio puede ser importante, pero el contenido
siempre es esencial. Existen sin embargo, alimentos de imposible cocción
que, aun presumiendo de edades que bien podrían aventurar buenos caldos
de sabia experiencia, no son más que un puro espejismo, el cual revela a
personas cegadas por el brillo del beso, pero sordos al sonido del
aliento.
Hombres
que van al placer como quien se somete a un hábito más ignorando, u
olvidando, y a consecuencia vulgarizando, que la unión de dos pieles es
una fuente clara cuando se afronta desde el agrado sobrio, pero que se
transforma en un océano al abordarla como lo que realmente es: un
regreso al origen.
Más
que su risa, los pliegues que ella produce. Más que sus manos, las
caricias que sabe ofrecer. Más que sus pechos, el sustento que alguna
vez fueron o serán. Cuando alguien se enamora de este modo comprueba que
no hay silicona, tinte, colágeno o maquillaje suficiente que impida
trascender el envase hasta alcanzar la carne misma del alma femenina
que, al sentirse desnudada, se rinde y entrega de la manera en que sólo
se entrega la verdad: sin condiciones, desde dentro y en su infinita
totalidad.
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