Cuando ayudes, hazlo con el corazón. Tal vez la persona olvide tu nombre, tu esfuerzo o el momento en que estuviste a su lado, pero cada buena acción deja una huella. La vida tiene la costumbre de devolver, de una u otra forma, lo que sembramos. Ayuda sin esperar aplausos ni recompensas; quien hace el bien por interés se cansa rápido, pero quien ayuda por convicción encuentra paz en su conciencia. Al final, lo que das con sinceridad siempre vale más que lo que das para ser visto.
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