Hay personas que no saben descansar sin sentirse mal. Aunque estén agotadas, aunque hayan hecho demasiado, detenerse les genera incomodidad. Apenas intentan relajarse, aparece una sensación difusa de culpa, inquietud o vacío. Entonces vuelven a hacer algo, cualquier cosa: responder mensajes, ordenar, trabajar, pensar. Como si el descanso tuviera que justificarse para ser permitido.
A este fenómeno lo llamo la incomodidad de descansar. No es incapacidad física para detenerse, sino una dificultad psíquica para habitar la pausa sin sentirse improductivo o innecesario. El valor personal quedó tan ligado al hacer, al resolver, al rendir, que el reposo empieza a sentirse como pérdida de identidad. Cuando no hay movimiento, aparece una pregunta silenciosa: “¿quién soy si no estoy siendo útil?”
Este patrón suele formarse en entornos donde el reconocimiento llegaba a través del desempeño. Infancias donde el afecto aumentaba con el logro, donde descansar era visto como flojera o donde había que madurar demasiado rápido. El niño aprende que su lugar depende de cuánto aporta. Y con el tiempo, incluso el cuerpo cansado se vuelve incapaz de entregarse del todo al descanso sin sentir amenaza.
Pero descansar no es abandonar la vida. También es una forma de sostenerla. Y cuando uno empieza a notar la culpa que aparece en la quietud, comprende que no siempre está huyendo del trabajo… a veces está huyendo del encuentro consigo mismo. Porque en el silencio, sin tareas ni exigencias, emergen emociones, preguntas y necesidades que llevaban mucho tiempo esperando espacio.
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