Nos han vendido la idea de que el mundo está controlado por una élite de multimillonarios con corbata, corporaciones gigantescas o sociedades secretas que mueven los hilos desde las sombras. Suena muy cinematográfico. Pero si te detienes a mirar cómo funciona la sociedad en el día a día, la realidad es bastante más deprimente. No nos gobiernan ellos. Nos gobiernan tres fuerzas invisibles que llevan siglos tirando abajo imperios y destrozando familias.
La primera es la estupidez colectiva. Es letal porque no exige nada, es comodísima. Solo necesitas a un grupo grande de personas que se trague el informativo de la noche sin parpadear, que actúe por inercia y siga la corriente. Cuando la gente decide apagar el cerebro y dejar de hacerse preguntas, camina directo al precipicio. Y lo peor es que van aplaudiendo.
Luego está el miedo. El miedo es el mejor negocio del mundo porque obliga a la gente a cambiar su libertad y su dignidad por un poquito de falsa seguridad. Si miras a tu alrededor, la mayoría de las personas que están estancadas o frustradas no sufren por falta de talento. Están congeladas. Tienen pánico a arriesgarse, a fallar, o al qué dirán cuatro desconocidos que ni siquiera pagan sus facturas.
Y la última es la codicia. Hay una línea muy clara entre tener una ambición sana para sacar adelante un proyecto y convertirse en un esclavo del dinero. La codicia pudre todo lo que toca. Hace que alguien sea capaz de apuñalar por la espalda a su socio, vender a sus amigos o tirar a la basura su propia tranquilidad mental solo por ver un dígito más en la pantalla del banco.
El verdadero drama ocurre cuando estas tres fuerzas se alinean. Es el combo perfecto. La estupidez hace que la gente no entienda lo que pasa, el miedo les quita las ganas de protestar y la codicia de unos pocos aprovecha la situación para exprimir el sistema al máximo.
Si de verdad quieres ser libre, deja de desgastarte peleando contra un enemigo externo o intentando arreglar el mundo. El trabajo empieza por dentro. Aprende a pensar por ti mismo. Muévete aunque te tiemblen las piernas. Y ten muy claro cuál es tu precio, porque si no lo pones tú, el mercado lo hará por ti.
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