Rodeado de falsedad, pero nunca contaminado por ella.
Esa es una de las victorias más difíciles.
Porque no cualquiera puede caminar entre máscaras sin ponerse una.
No cualquiera puede convivir con gente doble cara sin volverse igual.
No cualquiera puede ser traicionado y seguir teniendo el corazón limpio.
No cualquiera puede ver tanta hipocresía y no dejar que le pudra el alma.
La falsedad cansa.
Cansa tener que leer miradas.
Cansa escuchar palabras bonitas con intenciones torcidas.
Cansa ver sonrisas que esconden envidia.
Cansa sentir que algunos se acercan no por cariño, sino por conveniencia.
Pero hay algo que la gente falsa nunca entiende:
no todos los que callan son ingenuos.
Algunos simplemente eligen no rebajarse.
Hay personas que detectan la mentira, pero no hacen escándalo.
Ven la traición, pero no pierden la clase.
Notan la envidia, pero no se contaminan con odio.
Sienten la mala energía, pero no entregan su paz.
Porque mantenerse limpio en un mundo sucio también es una forma de fuerza.
No se trata de ser perfecto.
Se trata de no permitir que la maldad ajena dicte tu esencia.
Que te mientan no significa que debas volverte mentiroso.
Que te fallen no significa que debas vivir desconfiando de todos.
Que te traicionen no significa que debas convertirte en piedra.
Que te rodee la oscuridad no significa que tengas que apagar tu luz.
A veces la verdadera madurez es aprender a caminar en silencio, observar más, hablar menos y alejarse sin ensuciarse las manos.
Porque hay batallas que no se ganan respondiendo.
Se ganan conservando tu paz.
Tu dignidad.
Tu esencia.
Tu verdad.
Rodeado de falsedad, sí.
Pero contaminado por ella, jamás.
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