Orgullo, soberbia, arrogancia espiritual y humildad
«No eres más porque te alaben, ni menos porque te critiquen; lo que eres delante de Dios, eso eres y nada más».
El orgullo, la arrogancia y la soberbia, se definen en un sólo,
espíritu, cuyo nombre es Leviatán. Este espíritu es la raíz de tos los
pecados, debido a que fue el pecado que llevó a Satanás a rebelarse en
contra de Dios. Una persona que camina con orgullo, puede caer en
cualquier error. Cada vez que una persona se enorgullece, le recuerda a
Dios la rebelión que ocurrió en el cielo. Hoy día, hay un sin número de
personas que han caído en pecado y no se han vuelto a levantar por causa
del orgullo que anida en su corazón.
Hay palabras sinónimas para
referirse al orgullo, tales como soberbia y arrogancia. Y tanto el
orgullo, como la soberbia y la arrogancia, son la raíz de todos los
pecados. A continuación, estudiaremos cada uno de estos conceptos que
nos permitirán entender al menos medianamente este gran enemigo del ser
humano.
Los conceptos de orgullo, soberbia y vanidad van de la mano,
y lo cierto es que en mayor o menor medida, cualquier persona se ha
dejado llevar por este fantasma emocional en algún momento de su vida.
Dentro del ser humano se producen dos dualidades, la lucha entre el alma
y el ego. El alma te conecta con Dios, con la vitalidad, con la
humildad… Por el contrario, la soberbia y la vanidad conducen al ego, al
deseo de sobresalir por encima de los demás, a la rivalidad… ¿Qué hacer
entonces?
Claros antagonismos del orgullo serían la humildad, la
vergüenza o la modestia que, por lo general, son considerados como
virtudes.
El sano orgullo es inmediatamente distinguible del orgullo maligno (soberbia).
La vanidad es la falta de verdad, por error, estupidez o mala voluntad,
en la apreciación de la propia valía. El vanidoso se atribuye una valía
personal mayor de la que realmente tiene. Si lleva su vanidad al
extremo cae en un patético ridículo.El orgulloso, en cambio, puede tener
una justa apreciación de su valía, y ésta puede ser enorme. Pero su
engaño consiste en que considera que el mérito de esa valía es única y
exclusivamente suyo. No soporta pensar que ha llegado a esa valía
ayudado por otros y que, sin ellos, no hubiese llegado a estar donde
está. Es un desagradecido que suele pagar la ayuda que le prestan con el
olvido o, peor aún, con el rencor y el resentimiento. No quiere la
cercanía de quienes le han ayudado, porque le recuerdan su dependencia.
"El orgullo es el amor desordenado a la propia excelencia". El máximo
grado del orgulloso es considerar que uno no le debe nada a Dios, que no
necesita su ayuda en absoluto. La soberbia es la falta de verdad
acerca de nuestra posición e importancia en el mundo. Al soberbio le
gustaría ser el más importante. Naturalmente no puede. Pero sí puede
engañarse acerca de su posición en el ranking. Puede convencerse de que
su impacto en la marcha de la vida es más grande de lo que en realidad
es. Eso le hace sentirse poderoso. No soporta pensar que alguien pueda
tener más influencia que él en los acontecimientos. Quiere controlar
totalmente su vida, sin pedir nada a nadie. Aunque es difícil, el
soberbio puede no ser orgulloso y hasta ser agradecido. Puede reconocer
el mérito de sus padres o de sus educadores en haberle hecho como es y
agradecérselo, pero piensa que una vez que ha llegado a ser lo que es,
su impronta en el mundo será mayor que la de cualquiera que le haya
ayudado a llegar a donde está. En su grado máximo, vomita la sola idea
de Dios.
La arrogancia espiritual o cinismo religioso es una
actitud de manipulación de Dios. Los cínicos religiosos dicen: "Si soy
creyente puedo hacer lo que sea que Dios siempre me protegerá", creyendo
que Dios nos sobreprotege y nos evita asumir las consecuencias de
nuestros actos. También pretenden hacer del perdón la justificación
perfecta para hacer cualquier acción mala o negativa. No importa lo malo
que haga, al fin y al cabo Dios me perdona. Olvidando que el perdón
siempre exige un arrepentimiento verdadero y el deseo de no volver a
hacer lo malo.
La humildad es el antídoto a los tres pecados de
vanidad, orgullo y soberbia. Decía santa Teresa que "la humildad es
vivir en la verdad. Y así es. El que vive en la verdad sabe su auténtica
valía, reconoce que está en deuda con mucha gente que le ha ayudado a
alcanzarla, con Dios en primer lugar, y se sabe una ínfima causa en un
universo inmenso regido por un Dios providente sin el que no podría ni
tan siquiera existir y en el que él sólo puede arañar la superficie por
mucho poder que tenga. Sabe también que sin la colaboración de muchas
personas no podría ser causa eficiente de casi nada. Busca el apoyo y la
colaboración de todo el mundo y lo agradece. Sobre todo, contempla
lleno de asombro y embargado por un sentimiento de pequeñez y gratitud
la grandeza y la belleza del cosmos y del Dios que lo ha creado".
miércoles, 23 de agosto de 2023
ORGULLO, SOBERBIA, ARROGANCIA ESPIRITUAL Y HUMILDAD (Por Leon Wenborne)
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