No permitas que el niño herido dirija tu vida. Tómalo de la mano, dile que estás con él, comprende su dolor y su sufrimiento y llévatelo a jugar de vez en cuando al parque de atracciones. Pero no dejes que se apodere de ti. No permitas que sus berrinches, su incomprensión, su victimismo y su impaciencia arruinen tu mundo y tus relaciones.
Dale su espacio, pero no le cedas tu espacio. Compréndelo, pero no dejes que te posea. Tu niño herido es algo tuyo, no de los demás. Nadie es responsable de acunar a tu niño herido, de calmarlo o de comprenderlo. Eres tú quien ha de tomarlo de la mano, sentarse a su lado y sonreírle. Ese niño herido es a ti a quien espera. A tu parte consciente. Tu parte adulta. La parte que “sabe”. Y nadie puede hacer eso por ti.
Si esperas que otros lleguen y acunen a tu niño, solo perpetuarás su dolor. El niño te espera a ti. Solo a ti. Desea que te agaches y lo acojas. Desea comprensión. Luz. Una mirada madura que le permita ubicarse y reconocerse. Por ello, dejarte poseer por él no es la solución. Ni él madura, ni tú maduras (al contrario: te infantilizas). En adelante, realiza esa distinción niño-adulto. No confundas los papeles. Observa al niño cuando hace acto de presencia, y permanece con él como adulto. Dile que puede contar contigo. Dile que lo amas. Dile que lo comprendes… Saca momentos para jugar con él. Eso es todo lo que desea. Ahí es donde comienza tu madurez. 
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Javier López Alhambra
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