La noción de guía espiritual.
Zona Espírita.
Para
Allan Kardec se había vuelto claro, gracias a las enseñanzas espíritas
que recibía, que los espíritus protectores estaban en relación con la
humanidad, lo cual definió en el Capítulo IX de El Libro de los
Espíritus, en la parte titulada: “Ángeles guardianes, Espíritus
protectores, familiares o simpatizantes”.
Las nociones esenciales que allí se destacan son las que comúnmente admitimos hoy en el medio espírita:
–
Por una parte hay los guías personales de cada uno de nosotros y por
otra los guías que tienen funciones de protección más generales en
relación con las diversas actividades y preocupaciones humanas.
–
Los espíritus familiares (no guías) pueden mantener una cierta
proximidad, rodeando a sus parientes de su afecto y de su buena
influencia.
–
Un guía puede seguir a su protegido toda una vida e incluso varias
vidas: “Le sigue después de la muerte en la vida espiritual, y hasta en
varias existencias corporales…”
–
El guía puede no ser escuchado por su protegido: “Se aleja cuando ve
que sus consejos son inútiles… pero no lo abandona completamente y
siempre se hace escuchar; es entonces el hombre el que cierra los
oídos…”
Sabemos,
además, que el guía individual siempre ha conocido a su protegido en
una o varias vidas, donde se han creado lazos que en general implican
una cierta relación de afinidad.
O
si no hay afinidad manifiesta, si se piensa por ejemplo en la
protección de un mal espíritu, el guía actúa por amor hacia un espíritu
que, como todos los demás, tiene en sí todas las potencialidades de su
devenir, aunque todavía esté lejos de una verdadera consciencia.
Nadie
es ignorado ni abandonado, por poco evolucionado que sea, pues la
evolución está inscrita en el corazón de todos los seres que, en
consecuencia y sin excepción, tienen un guía que vela, aun sobre un
destino difícil, mientras en un tiempo dado el protegido es refractario a
toda influencia.
Subrayemos
igualmente que muchos humanos son sordos a los consejos del guía, que
viven demasiado la materialidad inherente a nuestras sociedades, estando
por ello poco inclinados a la reflexión sobre las cuestiones
fundamentales de la vida. Así pues, muchos guías sólo tienen una
influencia muy limitada en la etapa evolutiva en que nos encontramos
globalmente. Esta influencia podría volverse diferente si el humano
supiera.
La
mayor parte de la humanidad desconoce la existencia del guía, y en este
punto, como en otros, el conocimiento espírita tiene toda su
importancia: hacer saber que esta protección existe, es una información
útil para todos.
Para
muchas personas eso puede ser un recurso y un apoyo, en la aflicción o
la dificultad, en la soledad o el abandono, en el malestar o la
desesperanza.
Y
además, abstracción hecha de todas las angustias, el guía tiene como
papel esencial conducir a su protegido por su verdadero camino de vida,
el que corresponde a su verdadera naturaleza o el que había decidido
antes de la encarnación.
Así
pues, el guía es de alguna manera la voz de nuestra conciencia, el
soplo que repercute sobre nuestro yo íntimo, para reavivar lo que
llevamos en lo más profundo de nosotros mismos y que con frecuencia
hemos olvidado en nuestra encarnación.
Una
vez planteados estos principios, quedan todavía muchas interrogantes en
nuestros interlocutores que se preguntan cómo acceder al guía, cómo
rezarle sin conocer su identidad, cómo adivinar lo que nos insufla, cómo
saber si una buena intuición viene de él o de nosotros mismos, cómo
sentirlo eventualmente, cómo saber si ha captado bien nuestra petición,
etc.
En
realidad las cosas son muy simples: el guía, por su parte, está en
relación con su protegido; está pues atento a sus preocupaciones, las
oye, las percibe, y aun cuando el protegido rece sinceramente a su ángel
guardián, la Virgen María o los Santos del cielo, el guía recibe esta
sinceridad y responde tanto como puede.
No
es pues indispensable conocer su identidad para rezarle; él reconoce de
inmediato a su protegido cuyas interrogantes y naturaleza profunda
conoce. La consciencia que se tiene del guía y el interés que se le
concede, favorecen y refuerzan el vínculo que se tiene con él.
Sabemos,
además, que durante ciertas fases del sueño tenemos acceso al más allá
donde, durante salidas fuera del cuerpo, nuestro espíritu puede hacer
algunas incursiones al otro mundo.
Son
entonces instantes en los que podemos encontrar a nuestro guía que
aportará su ayuda, su apoyo y sus consejos, generalmente con nuestra
amnesia total al momento de despertar, aunque tal vez subsista un rastro
subconsciente que resurgirá bajo la forma de intuiciones o de ideas
inesperadas.
Muchas de nuestras intuiciones son resultado de una influencia del guía que ha sabido sacudirnos para aportar una idea.
Si
conscientes de la realidad del guía, pensamos en él o le hablamos de
vez en cuando, eso estrecha el lazo telepático y favorece una mejor
recepción de sus consejos e influencias.
Por
tanto, no tratemos de saber si una intuición es buena o si un ensueño
es significativo de un encuentro, como las personas que quisieran tener
la certeza de que han visto a su guía en sueños o si se trataba sólo de
una proyección subconsciente.
El
guía no necesita ser percibido en forma evidente para ser influyente,
él necesita ante todo un estado de ánimo sincero y confiado por parte de
su protegido para que su influencia se opere naturalmente. Es así como
no se ora a su guía por casualidad, sin creer demasiado: la certeza
confiada es la actitud adecuada, sin la cual uno se priva de influencias
saludables por la duda que impide la telepatía natural entre dos
mundos.
Y
además, es preciso aplicar igualmente el adagio “Ayúdate, que Dios te
ayudará”, en el entendido de que el sutil consejo del guía no resuelve
tal o cual problema sino que indica cómo abordarlo, a partir de la
intuición que resulta de lo que nos ha insuflado.
Precisamos
también que el guía no es un hacedor de milagros que debería
encontrarnos todas las soluciones a los problemas de la vida.
Él tiene un papel eminentemente espiritual, conduce al humano hacia su verdadero sentido de la vida.
ZONA ESPIRITA.
Por Jacques Peccatte.
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