Vivimos en una cultura de depredación emocional disfrazada de romance. La psicología moderna ha romantizado la codependencia, llamándola "entrega", cuando en realidad es un intento desesperado por devorar la identidad del otro para silenciar nuestra propia soledad. Buscamos en la pareja un anestésico, un padre o una madre sustituta, o un espejo que solo nos devuelva la imagen que queremos ver, ignorando que el amor real requiere la muerte del ideal egoísta.
La cruda realidad es que la mayoría de tus relaciones no son vínculos, son transacciones de seguridad. Te enamoras de la función que el otro cumple en tu vida, no de su ser. Cuando esa persona deja de satisfacer tu necesidad neurótica, el "amor" se transforma en resentimiento con una velocidad quirúrgica. Este canibalismo vincular es la razón por la cual tantas uniones colapsan: nadie puede cargar con el peso de ser la salvación de otra persona sin terminar asfixiado.
Filosóficamente, el otro es un misterio insondable, no una pieza de rompecabezas que viene a completar tu carencia. Si no has aprendido a habitar tu propia soledad sin terror, cualquier relación que establezcas será una forma de esclavitud mutua. Estás usando al otro como un parche para una herida que solo tú puedes sanar. Es una forma de violencia psicológica exigirle a un ser humano que cure lo que tú te niegas a mirar.
Para amar de verdad, primero hay que aceptar la propia finitud y el aislamiento existencial. Solo dos seres que se saben completos en su propia soledad pueden encontrarse sin intentar devorarse. El resto es simplemente ruido biológico y proyecciones del ego buscando desesperadamente no enfrentarse al silencio de la habitación. El amor que no nace de la libertad, nace de la indigencia emocional.
Deja de buscar a "tu mitad". Tú no eres una fracción; eres una totalidad que ha sido fragmentada por el miedo. Hasta que no recojas tus propios pedazos y dejes de pedirle al mundo que te repare, seguirás atrapado en ciclos de repetición donde el otro es solo una herramienta, un objeto de consumo en un mercado de afectos vacíos.
— Laberinto Universal
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