No te engañes creyendo que el silencio de la justicia es olvido.
La vida es como un restaurante: nadie se va sin pagar la cuenta.
Muchas veces caminamos con arrogancia, pensando que nuestros actos quedan impunes porque la consecuencia no llega de inmediato.
Lastimamos, traicionamos, humillamos…
y como el mundo sigue girando, creemos que “no pasó nada”.
Pero sí pasó.
Existe una ley universal, antigua e inquebrantable:
todo lo que sale de ti, regresa a ti.
No es venganza.
No es castigo divino.
Es equilibrio.
Las lágrimas que provocaste injustamente no se pierden.
Se acumulan.
Se transforman.
Y un día regresan como tormenta sobre tu propio techo.
La traición, la ingratitud, la crueldad, el desprecio…
todo queda registrado en un libro invisible.
Y el cobrador, aunque tarde, nunca se equivoca de dirección.
A veces el pago no llega en la misma moneda.
Llega en forma de:
Y es ahí, en la vulnerabilidad,
cuando recuerdas el dolor que sembraste.
No hay dinero, poder ni estatus
que te proteja de tus propias acciones.
porque mañana comerás de esa cosecha.
La verdadera inteligencia no está en aprovecharse del débil,
ni en engañar al inocente,
sino en vivir con tal rectitud
que no tengas que mirar atrás con miedo.
La prosperidad construida sobre el sufrimiento ajeno
es un castillo de naipes.
Tarde o temprano, cae.
Actúa con bondad.
Sé justo, incluso cuando nadie te ve.
Porque al final,
la almohada más suave no es la más cara…
es la de una conciencia tranquila
que sabe que no le debe dolor a nadie.
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