En mi opinión, es
muy aconsejable, muy tranquilizador y enriquecedor, muy satisfactorio y
necesario, recordar a menudo que uno es feliz.
No digo
“plenamente feliz”, porque eso parece corresponder al mundo de la
utopía. No digo “continuamente feliz”, porque eso parece destinado a ser
imposible de realizar.
Digo ser feliz. Sólo y tanto como ser feliz.
Y eso sí que somos todos, en mayor o menor medida, con más o menos
intensidad, con más o menos atención a ello, dándole una pequeña o gran
cantidad de importancia al hecho, en más o menos cosas, durante más o
menos tiempo cada día, pero todos encontramos parcelas o parcelitas de
felicidad en una u otra cosa.
Puede fallar la economía, el hogar
donde se vive, la calidad del trabajo o la salud, pero hay un hijo o un
nieto que aporta un estado en el que uno se da cuenta de que es feliz, o
hay una mirada de una persona que al recibirla uno se conecta con su
felicidad. Y se da cuenta de ello, porque la sonrisa y el brillo de los
ojos -y el bienestar, aunque sea momentáneo- le delatan.
Es
interesante darse cuenta uno mismo cuando detecta esa satisfacción, esa
sonrisa, esa paz, y entonces hacer una parada en la actividad –una
parada que no obliga a dejar de seguir haciendo lo que se está haciendo-
para decirse a sí mismo: “Soy feliz”. O, por lo menos, “estoy feliz”.
Y esto es mucho más importante de lo que aparenta.
Nos pasamos serios el 99% de nuestra vida, y podemos equivocarnos y
asociar seriedad a infelicidad, lo mismo que asociamos reír a ser o
estar feliz, y conviene que nos lo digamos, nos lo recordemos y
confirmemos, que lo hagamos consciente, porque de ese modo en el balance
de nuestra vida aparecerán más momentos felices sólo porque nos hemos
dado cuenta y los hemos hecho conscientes, evidentes, y lo agradecerá
nuestra autoestima –que se verá reconfortada-, y mejorará el concepto
que tenemos de nuestra propia vida porque a partir de hacer notables los
momentos de felicidad nos parecerá que hay más de los que imaginábamos.
Creo que jamás vamos a ser felices en todas las facetas de nuestra
vida. Y he usado dos palabras que no me gusta usar –jamás y todas-, pero
es que la vida no está completamente a nuestro gusto para la felicidad
completa –que es utópica- y nos fallará el trabajo porque no nos
satisface, las amigas porque no son tan perfectas como una quisiera, la
casa porque no es lo suficientemente grande o no tiene las vistas más
bellas, el dinero porque no se aproxima al de Rockefeller, o porque ya
no están el abuelo o la madre que fallecieron…
Pero, insisto, sí
tenemos felicidad, sí somos felices en algunos aspectos y a ellos hay
que recurrir, recordándonoslos para llenarnos de esperanza y confianza.
Estoy vivo, hay personas queridas a mi alrededor, puedo disfrutar de
mis sentidos y de lo que ellos me proporcionan, hay cosas que me
emocionan, de vez en cuando suspiro agradablemente… y ello me hace
sentirme feliz. O me debería hacerme sentir feliz.
Porque… ¿soy
demasiado exigente con la felicidad?, ¿le pongo demasiadas condiciones?,
¿la recibo con frialdad y con la espada en la mano?
¿Y si
empiezo a apreciar las pequeñas grandes cosas?, ¿y si les permito a esas
pequeñas grandes cosas que me hagan feliz?, ¿y si acepto bajar el
listón de mis exigencias y permito que ver una flor, que sentir el sol
me haga feliz?
Conviene que la relación con la felicidad sea
fluida, sin zancadillas ni excesivos requerimientos, que las sonrisas
estén más predispuestas, que uno se encargue de alejar
–minusvalorándolo, o por lo menos no engrandeciéndolo- el drama de su
vida, dejar de cerrarle las puertas a la paz.
Conviene exponer el corazón abierto a la felicidad, para que a ella le apetezca instalarse en nosotros.
Conviene desdramatizar la vida y acordarse continuamente de disfrutarla en vez de sufrirla.
Conviene recordase a menudo que uno es feliz… aunque no lo muestre más a menudo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
miércoles, 18 de enero de 2023
SOY FELIZ Y DEBERÍA RECORDARLO MÁS AMENUDO (Por Emma Fernandez)
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